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Narrativa breve | Aimee Krajewski bio | Inglés original |
     
   
Conocer cristiano  
            por Aimee Krajewski  
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        Empecé toda esta historia por correo electrónico. Hasta entonces mi truco había consistido en enviar al objeto de mi afecto una carta, incluso a veces -en mi juventud- un sugerente poema. Sin embargo no dejaba de ser un gesto demasiado obvio e infantil; un acto, sin lugar a dudas, deliberado. Con el email es otra cosa, sobre todo si estás enganchada al ordenador y sabes que él también lo está. Puedes decir: "Como estaba enviando unas estadísticas a mi jefe, se me ocurrió pasarte estas líneas."Puedes incluir los últimos rumores acerca de Apple o algún chiste sobre la oficina que hayas pillado en la red. De este modo lo desorientas o, como mínimo, lo desconcentras.

       Así que le escribí una notita que concluía con un deliberadamente extravagante, pero esperaba que no excesivo, "Bye, bye, love, que tengas un fructífero día, Lilith". Pulsé la tecla de "enviar", al tiempo que una descarga eléctrica me recorría el espinazo. Aunque vivíamos en el mismo edificio y teníamos trabajos similares, no estaba del todo segura de cuál sería su respuesta tras haberme tomado yo tales libertades. Su apellido era Nuthatcher, "trepador"; yo esperaba que se lo hubiera inventado.

       Cuando recibí su mensaje, más largo y personal, supe que era pan comido. Empecé a deslizar en mis misivas referencias a frutas suculentas: "Acabo de comerme una jugosa pera. Un pringue, pero fantástica" y luego cambiaba inmediatamente de tema para evitar que se pusiera a pensar: no quería que creyese que yo estaba actuando de forma deliberada.

       En otras cartas incluía otros comentarios, como que mi habitación olía a melón; que mi champú olía a mango; que cuando yo era pequeña mi familia tenía una planta cargada de rojas y carnosas frambuesas, que crecía cual incendio incontrolado y que los vecinos manifestaban estar realmente en contra del orden natural de las cosas cuando se quejaban de que el arbusto invadía su terreno, pues se arrastraba debajo de la valla y avanzaba hacia su casa; y que si yo pudiera ser fruta, sería un cocoloco (a lo que él respondió que nunca había oído hablar de cocolocos, pero sí de una ave llamada coco prieto; así que yo dije que estupendo, que era justo eso lo que a mí me gustaría ser).

       Aunque de lo que quizás no se había percatado era de que yo estaba muy al día de lo que sucedía en su vida y que los temas que planteaba presentaban ciertas afinidades con sus intereses. Éstos incluían a Dios. Era cristiano, lo había mencionado más de una vez y... ¿Acaso los cristianos no sienten cierta debilidad por las frutas, las manzanas y esas cosas? De hecho, él era un cristiano convertido y, por eso mismo, me gustaba.

       Algunos dirían que he sido una mala chica la mayor parte de mi vida. Participé en un ménage-à-trois (una vez, cuando la tercera parte ignoraba que había una tercera parte); he hecho el amor bajo los girasoles y en un río que corría junto al cementerio; en los servicios de la biblioteca pública; debajo de una cama; mientras escribía una carta y me fumaba un cigarrillo (hice tan poco que era como si no estuviera allí); mientras posaba como Juana de Arco (de nuevo, tampoco en esa ocasión hice mucho, estaba atada); y en extrañas posiciones que, aunque incómodas, me era posible realizar por estar agraciada, cuando joven, de una enorme flexibilidad.

       En la época en que lo conocí, yo era más neutral. Mayor. Menos impresionable. No es que quisiera ser buena, no creo en lo bueno y lo malo, pero quería saber qué se siente estando con alguien bueno.

       Una vez superados los intercambios electrónicos, nuestras conversaciones cara a cara evolucionaron desde la charlas ligeras en el vestíbulo hasta las confesiones íntimas en su apartamento. Hablábamos: yo me hacía la vulnerable contando episodios de mi vida en que había sido débil y escuchaba la historia de cómo Cristo lo "había salvado", al tiempo que me tragaba la aversión que siento hacia el cristianismo. Pese al rechazo que me producía esta doctrina, no dejaba de causarme respeto, sobre todo su poder para ganar devotos. Me preguntaba a qué podía parecerse, falta como yo estaba de la sensibilidad para apreciarla. Lo único que se me ocurrió fue que entregarse a Dios era como ser una eterna recién casada.

       Una determinada noche en que estaba más vulnerable, lloré. Él me abrazó y terminamos desnudos en su cama. Ya sabes cómo son estas cosas.

       Básicamente creo que la situación dio un vuelco cuando lo agarré en el momento en que él pensaba que yo era más vulnerable. Le sujeté la cara con las uñas rojas que a él tanto le gustaban, y le besé.

       Así que terminamos en la cama, el metro ochenta de su macizo cuerpo tan contundente, tan real. Qué alivio terminar de una vez allí, en su cama, donde no había dudas acerca de nada, preguntas que responder ni nada sobre lo que pensar; sólo cuerpos pesados, apretados, inmersos el uno en el otro. Y justo cuando iba a penetrarme, miré hacia la mesilla, hacia el libro de Charles Swindoll, su guía espiritual, hacia la cara difusa y distante de Charles (no me había puesto las gafas), y esbocé una maliciosa sonrisita: era mi triunfo personal. Nada grande, nada épico, sólo un pequeño triunfo sobre la bondad -sobre las convicciones en general-, sobre la verdad, sobre aquello que, dado el estado de las cosas, no me estaba permitido alcanzar.

       Entonces, justo cuando iba a penetrarme, justo cuando yo sonreía a Charles Swindoll, él se detuvo. Se cortó. En un instante me di cuenta de cuál había sido el momento que vagamente había percibido, ese momento entre su constante movimiento hacia la penetración y mi sonrisita maliciosa, el momento que se había interpuesto entre nosotros mientras yo no le miraba. Ese momento había durado una eternidad en la que nada ocurría. Me volví hacia él con lo que debía de ser una cara desencajada. Se sentó y se cubrió rápidamente con una sábana.

        -Te aprecio demasiado para echar a perder tu vida -dijo lenta, cuidadosamente, mientras las palabras salían de sus labios una detrás de otra, en fila.

        -¿Qué? ¿Echar a perder mi vida?

        -No debo hacerlo -prosiguió-. No debemos.

        -¿Por qué? Queremos hacerlo -repliqué.

        -No lo hemos pensado detenidamente. Ha sido un momento de debilidad.

        -Pero apuesto a que si lo hubieras pensado a fondo, creerías que está bien.

        -Dios no lo aprobaría -dijo con tono tajante.

        -Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Son nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos lo necesitan. Es bi-o-ló-gi-co -dije yo, como si resaltando las vocales infundiera lógica natural en lo que estaba pronunciando.

        No volvimos a hablar más al respecto, o casi: él no quería. No me daba ninguna explicación y a mí eso me sentaba mal, y me sentaba peor cuanto más tiempo pasaba sin que lo mencionáramos. Así que, al final, un día en la iglesia, le solté que yo no era cristiana.

        Había ido a recogerlo a su iglesia; él suponía que yo asistía a otra diferente. Bueno, le había dejado creer que yo iba a misa, que era una cristiana cabal y, simplemente, nunca habíamos hablado de mis creencias hasta el día que fui a recogerlo.

        Cuando llegué a la Primera Iglesia Adventista Fundamental de Cristo, una multitud se apiñaba en el estacionamiento alrededor de una ambulancia. Ancianos y ancianas con los mofletes colgando y las espaldas encorvadas, mujeres que olían a cítrico y llevaban moño, hombres con la raya bien hecha y peines en el bolsillo posterior. Lo primero que pensé fue en por qué los que van de cristianos son tan entrometidos. ¿No deberían ser los representantes de Dios? ¿No se espera que causen una buen impresión tanto en su aspecto como en sus hechos? Llegué a la conclusión de que la mayoría de los integrantes de una masa son cristianos. Después me di cuenta de que es porque piensan que son testigos de Dios, secretarios y tesoreros de Dios que anotan lo bueno y lo malo, algo así.

       Cuando conseguí abrirme paso, lo encontré. Estaba en la primera línea de la multitud, junto a las puertas de la ambulancia. En el interior de la misma, en el suelo, había una trompeta.

        -Hola, ¿qué ha pasado aquí? ¿Ha reventado la trompeta? -dije con un tono jocoso.

        Él se inclinó hacia mí y me susurró:

        -Un hombre ha sufrido un ataque en la iglesia.

        -¡Oh! -exclamé solemnemente-. Pero, ¿no es una trompeta lo que hay en la ambulancia?

        -Sí.

        -¿Y el hombre?

       Él suspiró.

        -Lo están sacando.

        -¿Por qué hay una trompeta en la ambulancia?

        -Porque antes de perder el conocimiento -respondió él, furibundo-, pidió la trompeta.

       Me pregunté si en esa iglesia tocaban la trompeta en lugar del órgano. Me reí de nuevo entre dientes; bueno, casi me reí abiertamente.

        -Lilith.

        -¿Qué?

        -El hombre ha muerto.

        -Pero yo no me estoy riendo de eso.

       Después de arrastrarme por el codo fuera de la multitud, me escupió con un murmullo :

        -¿En qué estabas pensando?

        -Ha sido sólo un reflejo. Encuentro gracioso que haya una trompeta en una ambulancia. ¡Yo no sabía que el hombre había muerto!

        -¡Un reflejo! Podrías pensar un poco más.

        -Pienso más de lo que tú piensas que yo pienso. ¿Quién eres tú para hablarme así? La fe es el mayor acto reflejo de todos.

        -No, aquí es donde te equivocas. No es un reflejo para mí. Es deliberado.

        -¿Deliberado?

        -Sí.

       Junto a nuestros pies, un río parecía fluir entre él y yo.

        -Permíteme que te pregunte una cosa -dije empezando a perder la calma-: aquel día que casi..., ya sabes, que te cortaste. No lo hiciste por mí, ¿verdad?

        -No. Sí. No sé, bueno, sí, no quería hacerte daño y no podía traicionar a Dios.

        -Bueno, de quién se trata, de mí o de Dios; es más, ¿lo hiciste porque yo te preocupaba? ¿Dejando a Dios aparte? ¿Yo? -Me llevé el dedo al pecho y lo dejé allí apoyado-. Espera. Primero dime qué te hizo detenerte, ¿viste el libro de la mesilla?

        -¿Libro? -preguntó abriendo los ojos como platos-. ¿Qué libro? Oí las campanas de la iglesia.

        -¿Campanas?

        -Sí, de la iglesia católica que está al principio de la calle. ¿No las oíste?

        -No. No. No las oí...¡por Dios! Parece como si hubieras oído la voz de tu amante.

        Y él sonrió con complicidad, ni siquiera protestó. Entonces supe que era como todos los hombres: siempre pendientes de otra persona. Para colmo era Dios el que había atraído su atención; Dios, que ni siquiera es de carne y hueso, como yo. Lo peor, sin embargo, es que nunca me contestó. Nunca supe si realmente lo había hecho por mí. Pese a que creo saberlo, esto no me basta.

       Qué le vamos a hacer. Sólo que no puedo quedarme quieta, deambulo por los rellanos entre su piso y el mío. Ando en una especie de limbo. Tramo conspiraciones que nunca llevo adelante: mensajes por email con bromas del tipo: "¿Hay alguien que necesite salvación? ¿Alguien que necesite una ambulancia con trompeta incluida?" Pero nunca hago nada al respecto. Simplemente vago, consciente de que él está en algún lugar, como un planeta dando vueltas que tal vez un día yo consiga ver, que tal vez un día yo llegue a comprender.

   Picture of Trumpet
 
  © 1998 Aimee Krajewski      Author Bio
Traducción: Susana Andrés
Esta obra no puede ser archivada ni distribuida sin el permiso expreso del autor. Por favor, leed las condiciones de utilización
 
 


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