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índex català   nov - dec  2002  n° 33

original inglés | version française | reseña

Robert AntoniCuento de cómo a Iguana le salieron las arrugas o la verdadera historia de El Dorado
de
Robert Antoni
 Traducción de Jaime Zulaika
       

  para Janine Antoni
       

      ¡Ayiosmío! ¿De verdad quieres que te cuente esta historia picante? Bien, será mejor que te acerques un poco más para que no tenga que hablar tan alto. Aunque la verdad es que con los noventa y seis años que tengo no puedo hacer demasiado ruido, y menos aún desde que perdí los dientes. Porque cuando aquel hombre se iba con ellos el otro día mientras yo gritaba «¡al ladrón, al ladrón!» desde arriba, lo que hizo fue seguir descolgándose por la ventana sonriéndome con una gran sonrisa caballuna y con mis propios dientes en la boca, y yo allí con las encías desnudas y los labios temblones, y sin conseguir que salieran de ellos más que un suave ¡zuft zuft!, como un pedo que en lugar de por abajo me saliera por la boca. ¡Virgen Santísima! Así que ya no tengo mis joyas –que es como llamaba yo a mis dientes–, y cuando trato de hablar alto lo que me sale es una especie de galimatías bajo la ducha, pero, Johnny, haría falta mucho más que eso para callarme. Y tenemos que tener mucho cuidado, de todas formas, por mucho que me esfuerce en no hablar más que en un suspiro. Porque si tu mamá me oye contarte esta historia subida de tono –sobre todo cuando llega a la parte principal, o sea, a la del coño de la jovencita–, nos manda fuera de casa en menos que canta un gallo. Porque es una palabra que le chirría en los oídos, y cada vez que estoy contando un chiste o una historia y me olvido y la suelto, a tu pobre mami se le pone la cara roja como un achiote, ¡igual que si estuviera haciendo fuerza para hacer caca con un corcho en el culo! Y a tu papá también, por mucho que cuando era chico fuera una de sus historias preferidas. Tu padre, y los bribones de sus hermanos, y los golfos de sus amigos me suplicaban una y otra vez que por favor les contara la historia de la vieja iguana, aunque lo que de verdad querían oír era lo del coño de la jovencita, y no lo de la vieja iguana toda llena de arrugas, porque, por supuesto, no hay en el mundo nada que excite tanto la sangre de los jovencitos como eso.
      Bien, todo sucedió en los viejos viejos tiempos, allá por el principio, cuando los primeros exploradores españoles e ingleses llegaron al Caribe, y la única gente que encontraron aquí felices y en paz eran los amerindios, y los caribes y los arawak y los guaraúnos... Los exploradores llegaron, como sabes, en busca del famoso El Dorado. Sir Walter Raleigh capitaneando a los ingleses, y Fernando de Berrío a los españoles. Sir Walter era el capitán alto, apuesto, elegantemente vestido con su chaqueta de terciopelo rojo y sus calzones, y su camisa blanca de cuello con volantes vueltos hacia la barbilla. Siempre recitando su poesía amorosa, incluso en los momentos de sus brutales ataques contra el enemigo. Y De Berrío era el tipo bajo, de aire estrafalario y panza redonda, con el traje de hojalata chirriante de los caballeros de la época, y las piernas pequeñas y arqueadas de tantos años de montar a caballo. Siempre desapareciendo en el interior de su pequeño camarote, incluso en medio de fieras batallas, a causa del mareo o de sus frecuentes diarreas. Fueron los dos que vinieron con sus flotas de navíos, y, claro está, tuvimos la desgracia de que nos tocara Fernando de Berrío, el capitán español, porque fue el que se empeñó en que El Dorado que los dos estaban buscando tan desaforadamente estaba en alguna parte de nuestra isla de Corpus Christi. Sir Walter, en cambio, decidió que se hallaba en otra parte –Orinoco arriba, en lo que hoy llamamos Venezuela–, u oculto en algún lugar de la costa de lo que hoy conocemos como las Guayanas.
      Pero, Johnny, la verdad es que aquellos dos hombres se pasaron muchísimo tiempo observándose el uno al otro mientras buscaban el oro. Los dos tenían miedo de que el otro lo encontrara antes, así que cada vez que oían un rumor o tenían la premonición de que su adversario estaba cerca del oro, iban y lo atacaban para desvalijarlo. Y, por supuesto, eso significaba que siempre tenían que recuperarse, y reparar sus barcos, y pedir a Inglaterra o España el envío de más soldados para poder volver a montar sus expediciones, pero, claro está, antes de reemprenderlas tenían que tomar represalias y atacar a su rival. De acá para allá y de allá para acá tantas y tantas veces que no es extraño que jamás encontraran el oro, por mucho que pasaran los años y por mucho que no hubiera ningún oro que encontrar. Johnny, la verdad es que todo el asunto de El Dorado no era más que una fantasía que se hacía más y más grande en su cabeza, porque de otro modo no habría acabado volviéndolos tan locos.
      Porque no sólo no sabían dónde estaba El Dorado de marras, sino que ni siquiera sabían qué era. Algunos decían que era la ciudad ha tanto tiempo perdida de los chibchas –otro de los antiguos pueblos amerindios–, donde las casas y los muebles eran de plata maciza, con adornos de diamantes y rubíes y todo tipo de piedras preciosas que uno pueda imaginar, y las calles se empedraban sólo de oro. Otros decían que era el mausoleo de un gran rey arawak, o del emperador de los Incas del Perú, oculto en lo alto de las montañas. Otros decían que no era creación del hombre, sino un prodigio de la tierra misma. Un río en la selva desbordante de un agua que era oro líquido, o un lago, o la famosa fuente de la juventud. Si te bañabas en su agua de oro se te curaban todas las enfermedades, en especial la sífilis y demás dolencias repugnantes que ellos habían traído de Europa y que les ponían verde la toe-tee, y se la pudría, y que hacían que todos aquellos pobres amerindios cayeran como moscas... La fuente de la juventud podía curar todas las enfermedades, pues, y hacer que vivieras feliz por siempre. Otros decían que era una fruta secreta, o una flor, y si la comías la mierda te salía en forma de lingotes relucientes. Otros decían que tal fruta era la misma que la de la Biblia, y que si la comías tu «lingote» se te aparecía de pronto allí delante, y tan florecido que te reventaba la bragueta, y alto y permanente como un obelisco de oro que te llegaba hasta la nariz. Y, Johnny, con aquella verga así de tiesa y todas aquellas bellas esclavas amerindias ¡uno podría vivir feliz y contento para siempre! No sabían nada de nada, en fin. Y cuanto más hablaban de ello y más se desvalijaban el uno al otro, más excitados se ponían, y más frustrados, hasta que al cabo de un tiempo acabaron sucumbiendo a un auténtico delirio por encontrar este El Dorado. Y no hacían más que golpear y torturar y arrastrar a los indios de un lado para otro para que les mostraran el secreto, o les dijeran en una lengua que ellos ni siquiera podían entender dónde o qué era ese El Dorado, con lo que los pobres indios se sentían más y más desconcertados cada día.
      Así que fue este Fernando de Berrío, como te iba diciendo, el que llegó aquí a Corpus Christi con su flota de navíos, y construyó las primeras casas –la cárcel y la iglesia y el palacio del gobernador– y el primer asentamiento de europeos de esta isla. La mayoría eran españoles. Pero también había franceses, portugueses, italianos, y súbditos de otros países –cualquier cosa menos ingleses–, y el nombre de tal asentamiento fue Demerara. El mismo que años después se llamaría Saint Mary, y años después Saint Maggy. Pero al principio se llamó Demerara por los cristales de azúcar que mandaban a Europa en los barcos. De modo que los barcos podían luego regresar cargados de jamones salados, vino español y champán francés, quesos Edam de Holanda como balas de cañón con fundas de cera roja, ropas y libros y pistolas y demás cosas que necesitaban. Al cabo de un tiempo, sin embargo, empezaron a decir que aquellos cristales de azúcar de tono amarillo-castaño de Demerara eran El Dorado que andaban buscando, porque, después de venderlos, los barcos volvían a Corpus Christi cargados sobre todo de oro. Pero, Johnny, el verdadero El Dorado de aquel comercio del azúcar no eran en absoluto aquellos cristales de Demerara, sino aquellos amerindios del mismo tono amarillo-castaño que los europeos habían convertido en esclavos para despejar el terreno y cultivar la caña y fabricar el azúcar, aquellos esclavos a quienes se golpeaba tanto y se hacía trabajar tan duro que se morían tan rápidamente como se enriquecían sus explotadores.
      Por supuesto, la razón principal de todo aquel comercio del azúcar era la financiación de las expediciones de Fernando de Berrío. Pero De Berrío, antes de poder emprenderlas, debía poner a alguien al frente de Demerara. Para ello envió en busca de su socio en el negocio del azúcar, don Antonio Sedeño, con el aviso de que embarcara inmediatamente para Corpus Christi. Al mismo tiempo, De Berrío escribió una carta al rey de España –porque, claro está, en aquel tiempo Corpus Christi y todas estas islas pertenecían a la Corona española–, pidiéndole que nombrara a don Antonio primer gobernador de la isla. Y así fue, y si miras en el libro de historia verás que es verdad, que don Antonio Sedeño fue el primer gobernador de Corpus Christi.

      Así que al fin De Berrío pudo reunir a sus soldados y zarpar en sus naves rumbo a su primera expedición. Porque había que hacer esas expediciones por mar y no por tierra, desafortunadamente para De Berrío, dada su especial propensión al mareo y sus persistentes diarreas, porque la selva era demasiado tupida y estaba demasiado poblada de serpientes como para adentrarse en ella. Aquella primera expedición de De Berrío trataba de estudiar el hondo lago de alquitrán de La Brea, en el sur de la isla, y explorar la costa de los alrededores. Porque De Berrío había leído mucho tiempo atrás, en los cuadernos de bitácora de Colón, que éste solía ir allí a proveerse de alquitrán para calafatear los cascos de las naves. Y Colón había escrito que aquel lago de alquitrán era un prodigio de la naturaleza, y que nadie había visto jamás nada comparable («¡ni el mismísimo burro trovador y danzarín de Sevilla!»). Así que quizás la naturaleza había hecho también la maravilla de un lago de oro al lado del de brea.
      Pero en cuanto De Berrío desplegó las velas, Sir Walter Raleigh, como era su costumbre, cayó sobre Demerara para saquearla, y para quemar la iglesia de San José de Irura y reducirla a cenizas. Al mismo tiempo Sir Walter rescató a los cinco pequeños reyes amerindios que De Berrío tenía encadenados unos a otros en una mazmorra. Wannawanari, Tanoopanami, Maquarami, Atrimi y Caroni –lo que se me hace más difícil al contar esta historia es tratar de pronunciar los nombres de estos reyes– estaban los cinco de pie, desnudos y temblorosos, con el trasero cuidadosamente pegado contra la pared. Hasta que Sir Walter les dio la vuelta despacio y descubrió que tenían los bamsees quemados por la tortura a que habían sido sometidos con atizadores candentes y manteca de cerdo hirviendo.
      Era el año 1595. De Berrío se vio obligado a cambiar de rumbo y regresar precipitadamente antes de poder dar comienzo a sus expediciones, y tuvo que volver a levantar todo lo que Raleigh había destruido. Pero esta vez construyó una alta muralla que rodeaba Demerara, y una gran fortaleza en lo alto del puerto con montones de cañones, y cuando por fin volvió a zarpar con su flota, dejó a la mitad de sus soldados con don Antonio Sedeño. Por supuesto, antes de poder dar comienzo a la expedición tuvo que volver a remontar el río Orinoco. Porque lo primero que tenía que hacer era atacar y desvalijar a Raleigh y recuperar a los cinco pequeños reyes amerindios, ahora vestidos con sus camisas blancas con volantes, cuyas mangas les llegaban hasta más abajo de las rodillas, y sus calzones de terciopelo rojo, con los bajos hechos un ovillo en los tobillos.
      Y así, don Antonio pudo al fin hacer venir de España a su esposa y sus dos hijas, porque hubo de dejarlas al tener que venirse tan precipitadamente a Corpus Christi. Su esposa era una mujer muy severa y piadosa. Tan piadosa que se rapaba la cabeza como una monja, y había hecho la promesa de vestir sólo de negro –en señal de duelo anticipado por la muerte de su esposo–. Su nombre era doña María Penitencia. Sus hijas se llamaban María Dolores y María Consuelo. Tres Marías, pues, y, como cabía esperar de nombres tales, las tres dedicadas por entero a la Iglesia. María Dolores y María Consuelo eran ambas acólitas del viejo arzobispo, al cual idolatraban, y lo asistían en la preparación del altar, encendiendo el incienso y llenando el copón de plata con las hostias de la comunión para las misas. Y lo ayudaban durante todo el día a quitarse y ponerse sus vestiduras. Porque, además de los varios ropajes completos para cada una de las misas, el anciano arzobispo tenía una vestimenta verde especial sólo para pasear por el jardín, y otra blanca para la meditación del mediodía, y otra amarilla para visitar a los enfermos, y otra roja para recibir a los pobres, y otra de color marrón, también completa, con sombrero y capa y altas botas de cuero de cowboy sólo para agacharse detrás de un arbusto cuando recibía la llamada. La madre, María Penitencia, le confeccionaba con sus propias manos la larga túnica de seda morada que utilizaba para oír las confesiones, con cuarenta y dos botones de nácar, ¡desde debajo de la barbilla hasta los dedos de los pies! Y, por supuesto, aquellas tres Marías jamás habrían venido a este lugar de paganos en el salvaje Caribe sin haberse traído consigo al viejo arzobispo.

      Al llegar encontraron a don Antonio echando la siesta, profundamente dormido, y cuando entraron de puntillas y sin hacer ruido y levantaron la sábana para echar una ojeada, vieron a su lado a la pequeña esclava amerindia en todo el esplendor de su belleza, desnuda como el día en que nació. Así que el primer trabajo del arzobispo, nada más llegar al Nuevo Mundo –una vez que hubieron traído su gran baúl del barco–, sería ataviarse con el ropaje especial para exorcizar los demonios del Caribe, y orar sobre la cabeza de don Antonio. Las dos Marías le ayudaron a cambiarse la vestimenta que llevaba por la túnica de seda morada, y le dieron el cáliz de vino para que saciara su sed. Luego el arzobispo sacó del baúl el llamado «gato de nueve colas» y asestó cien latigazos a la pequeña esclava. La pobre criatura apenas podía tenerse de pie cuando acabó el castigo, pero al menos María Penitencia se sentía satisfecha y dispuesta a dejar libre a la chiquilla para que volviera a la selva con su familia. Porque lo cierto es que aquella pequeña esclava era una princesa muy querida por su pueblo arawak, pues era hija del rey Wannawanari que De Berrío tenía encerrado en el calabozo, y su regia familia la esperaba ansiosa al otro lado de la isla.
      Y la habrían dejado volver a casa con su familia de no ser por algo que era ya obvio para todos: que aquella pequeña esclava llevaba en sus entrañas un hijo de don Antonio. No podían, pues, dejarla irse de inmediato. Así que la encerraron en una celda de los sótanos, y María Dolores y María Consuelo le llevaban la comida cada mañana (nada más que un trozo de pan de maíz y un vaso de agua de coco). Pero don Antonio tenía buen corazón, y todos los días, avanzada ya la noche, bajaba las escaleras de puntillas para llevarle a la criatura una comida más sustanciosa. La mayoría de las noches, claro está, don Antonio se dejaba llevar por el deseo, y a la mañana siguiente las dos Marías lo encontraban consolando aún a la pequeña esclava, que se debatía debajo de él en la hamaca que colgaba de un rincón.
      El niño nació prematuramente. Una diminuta criatura de piel transparente, bajo la cual podía verse toda una urdimbre de venas azules; de brillantes ojos rojos parecidos a los de una salamandra, y sin cejas ni pestañas y sin uñas en los dedos de las manos y los pies (sólo unos pequeñísimos casquetes parecidos a las ventosas de las ranas). Pero aquella pequeña esclava amaba a su bebé como si fuera una criatura normal. Lo arrullaba y le hablaba muy suave y tiernamente en una lengua que nadie podía entender, y no permitía que nadie le quitara de las manos ni un segundo a su pequeña salamandra. Y habría preferido verse confinada en aquella celda de por vida antes que perder a su bebé. Pero se lo quitaron. Llamaron a dos grandes soldados que la redujeron y golpearon y le ataron las manos y los pies, y aún seguía resistiéndose cuando la llevaban dentro de su pequeña hamaca de piel de plátano y la dejaban en la selva para que volviera con su familia.
      Fueron las dos Marías las que criaron al bebé, porque siempre que se lo daban a su madre para que lo tuviera, María Penitencia quería tirarlo por la ventana. Las dos Marías solían dejarlo en una caja de zapatos en un rincón de su dormitorio, con un puñado de hierba seca esparcida por el fondo. Y trataban de alimentarlo con cuantas moscas y mosquitos y arañas caían en sus manos, hasta el día en que descubrieron la única cosa que a aquella salamandra le gustaba: las hojas verdes de taro que crecían junto al río, bajo la luna llena, suaves y bañadas de rocío. Así que, muy de mañana, las dos Marías se levantaban religiosamente e iban al río a cogerlas. El bebé era una niña, y las dos Marías la llamaron como a su mamá, Iwana, que en la lengua de los arawak quiere decir «iguana». Y cuando la niña empezó a gatear las dos Marías la sacaban al jardín todas las tardes, y se turnaban para caminar detrás de ella sujetando la larga cuerda que llevaba atada al cuello. Y una tarde Iwana se zafó de la cuerda y corrió y se puso a trepar a una alta poinciana, haciendo girar piernas y brazos a ambos lados como las hélices de un aeroplano –que es exactamente como corren las iguanas, si es que alguna vez te has fijado–, y se quedó tres días en lo alto de la copa. Hasta que las dos María ayudaron al arzobispo a ponerse el ropaje verde de pasear por el jardín, y el viejo prelado se subió él mismo a la poinciana para bajarla.
      Las dos Marías siguieron alimentándola todos los días con hojas tiernas de taro, e Iwana siguió creciendo hasta que al cabo del tiempo ya nadie le prestaba demasiada atención dentro de la casa. Gateaba entre las piernas de las dos Marías cuando éstas salían por la puerta, se encaramaba a ellas para acoplárseles alrededor del cuello como una bufanda, se hacía un ovillo cómodo sobre su regazo, debajo del tablero de la mesa, durante la cena. A veces se daban cuenta de pronto de que nadie había visto a la pequeña Iwana en toda una semana, y todos se ponían a buscarla como locos en los cajones, en los aparadores, debajo de las camas, porque temían que fuera María Penitencia quien la encontrara. Como la vez que Iwana, se coló en el desagüe del fregadero de la cocina, y María Penitencia abrió el grifo al máximo y casi consiguió ahogarla.
      Pero con el tiempo hasta ella pareció acostumbrarse a la presencia de Iwana en la casa. Antes de que nadie pudiera darse cuenta, el bebé se había convertido en una niñita, y –como sin duda cabe esperar de un cuento como éste–, a pesar de haber nacido tan fea, acabó convirtiéndose en la jovencita más bella que jamás se hubiera visto en Demerara. Porque no hay que olvidar que Iwana, como su mamá, era de sangre real, una princesa arawak, además del primer vástago medio español medio amerindio del Nuevo Mundo. Y como siempre sucede en mestizajes de este tipo, había tomado los mejores rasgos de ambas razas. Era alta y delgada, de piel dorada y ojos verdes y almendrados, y el pelo le caía por la espalda hasta la cintura. Y, Johnny, la belleza de su físico no era superior a la delicadeza de sus maneras, pues era callada y tranquila y encantadora, y cada vez que se cruzaba contigo en la calle, yendo o viniendo apresuradamente del palacio del gobernador a la iglesia, no podías evitar sentir una punzada de lástima. Porque, como supondrás que es de rigor en un cuento como éste, cuanto más bella y amable era Iwana, con más crueldad la trataban las dos Marías y su madre, María Penitencia.
      La pusieron a limpiar el palacio y a hacer la comida y a lavar la ropa; y no sólo la de la familia, porque también tenía que lavar y planchar todas las vestiduras del viejo arzobispo. Se levantaba al despuntar el alba, y molía el café y lo ponía a hervir, y exprimía las naranjas y horneaba las magdalenas para el desayuno. Luego tenía que calentar el agua con hojas aromáticas para el baño de María Penitencia, y frotarle con la esponja la ancha espalda y la brillante cabeza en forma de coco. Luego Iwana debía preparar los baños de las dos hermanas, y lavarlas y secarlas y peinarles el pelo, y ayudarlas a vestirse. Luego, antes de que pudiera recuperar el resuello, tenía que atravesar a la carrera la plaza para atender al viejo arzobispo, para que cuando las tres Marías llegaran él estuviera preparado para celebrar la misa de las seis en punto. Y así –de un lado para otro y con una cosa y con otra– todo el santo día, hasta que por fin podía bajar las escaleras y meterse en su pequeño cuarto del sótano, seguida de cerca por María Penitencia, que, llave en mano, la encerraba hasta la mañana siguiente, porque, claro está, era la única forma de mantener apartado a don Antonio. Y para cuando Iwana se acostaba en su pequeña hamaca del rincón, y cerraba los ojos y se dormía calladamente, María Penitencia ya estaba haciendo girar la llave para abrir la puerta y despertarla.

      Llegó el día en que don Antonio tuvo que empezar a buscar unos esposos apropiados para sus dos Marías. Para entonces, como es natural, Demerara se había converti-do en una ciudad muy activa y conocida en Europa, que atraía a multitud de jóvenes varones en busca de fortuna. Además, Fernando de Berrío estaba convencido de que cualquier día descubriría El Dorado, y ni que decir tiene que cuando eso sucediera, todo el mundo tendría más oro del que jamás había soñado. Pero lo cierto es que la mayoría de aquellos jóvenes que llegaban a Demerara no tenían un linaje lo bastante noble, no eran más que pelagatos y bribones con ganas de hacerse ricos. Presidiarios escapados de la cárcel, y ladrones, y todo tipo de bergantes que uno pueda imaginar. Ninguno de tales jóvenes era, por tanto, adecuado para las hijas de don Antonio. Aunque había uno, un joven médico francés llegado a Corpus Christi desde la ciudad de Marsella, que no hacía más que jactarse de ser el último de una larga larga estirpe de condes, vizcondes, barones y demás títulos nobiliarios –la gente solía oírle recitar sus nombres sin interrupción durante tres horas seguidas–, ¡y su línea de sangre azul se remontaba hasta Carlomagno! Su nombre completo era doctor Jewels Derrière-Cri de Plus-Bourbon. Pero la gente solía llamarle doctor Jewels. Así que don Antonio proclamó que aquella de las dos Marías que el doctor Jewels escogiese por esposa se llevaría como dote la mitad de su hacienda, y la otra volvería a España a desposarse con un convento.
      Así que durante un período de varios meses el doctor Jewels fue noche tras noche a cenar al palacio de don Antonio. Pero el doctor Jewels era famoso en Corpus Christi por otra cosa además de por su nombre: sus peculiares hábitos culinarios. Verás, lo único que su sangre azul le permitía beber era champán francés –lo cual era perfectamente comprensible– y el único plato que se dignaba paladear eran las ancas de rana salteadas con mantequilla. Ni que decir tiene que a nadie se le había ocurrido jamás comer aquellas patas de sapo, de las que la gente decía que sin duda eran comida del diablo. Y tuvieron que pasar varias veladas antes de que las tres Marías y don Antonio pudieran sentarse a la misma mesa y observar cómo el doctor Jewels mordisqueaba con sumo esmero las ancas de rana como si fueran pequeñas ramitas, sin verse impelidos a salir corriendo al jardín a vomitar lo que estaban comiendo. El doctor Jewels las comía una por una durante horas y horas, con el gran pañuelo a cuadros rojos y blancos anudado al cuello, cual babero de un infante, y los ojos muy cerrados y en completo éxtasis, mientras los dedos y los bigotes encerados le chorreaban mantequilla. Pero tal visión del doctor Jewels a la mesa ni siquiera era lo peor de las dichosas patas de sapo, que por supuesto no acababan de satisfacerle hasta que se le amontonaban en el plato y le llegaban casi hasta las narices. Lo peor era que ahora, además de todos los trabajos del palacio, Iwana tenía que pasarse varias horas al día en el maloliente Pantano de Maraval, yendo de un lado a otro con el barro hasta la cintura, persiguiendo a una legión de ranas saltarinas. Luego debía arrancarles las ancas, y luego saltearlas con mantequilla tarde tras tarde para que por la noche estuvieran listas para el doctor Jewels.
      Éste, después de cenar, se tomaba una copa de coñac y se fumaba un cigarro con don Antonio. Luego escogía a una de los dos Marías –Dolores o Consuelo–, y se iba con ella a sentarse a la galería del fondo, desde donde contemplaban la gran luna que flotaba en el cielo sobre un mar resplandeciente. Cogidos de la mano, recitaban poemas y se profesaban amor mutuo –todas esas cosas que hacen los jóvenes cuando son novios–, siempre en presencia, claro está, de la chaperona de María Penitencia. Algunas noches el doctor Jewels salía a pasear por el puerto con María Dolores, o por las calles dormidas de Demerara del brazo de María Consuelo, siempre seguidos, cómo no, por los pasos vacilantes de María Penitencia en medio de la oscuridad.

      Pronto llegó el día fijado para que el doctor Jewels anunciara su decisión. Don Antonio dio una gran fiesta en el palacio para celebrar el acontecimiento, e invitó a todas las personas importantes de Demerara, incluido el propio Fernando de Berrío. Porque su mala fortuna quiso que a la sazón se hallara en el puerto abasteciendo a su flota. Aquel sábado por la mañana, muy temprano, la costurera trajo los vestidos de las tres Marías, de encaje blanco para María Consuelo y de encaje rojo para María Dolores, y, por supuesto, de encaje negro para el vestido y el gran sombrero de ala ancha de María Penitencia. Las tres se pasaron el día entero acicalándose; las hijas iban y venían de un lado a otro del palacio, bullendo de excitación, cada cual convencida de que ella y no su hermana resultaría la elegida por el joven doctor Jewels. María Consuelo juraba que una noche de tórrida poesía, cuando se sentía más apasionada, el elocuente doctor Jewels –incluso con la boca llena– había prometido desposarla. Y María Dolores proclamaba que una noche de pasión irrefrenable, cuando más encendida estaba ante la serenata de su pretendiente, el pobre doctor Jewels –con la lengua hecha jirones– le había prometido ser suyo para siempre. Iwana estuvo pendiente de ellas desde el amanecer, bañándolas y peinándolas y ayudándolas a ponerse sus esplendorosos vestidos, y, por supuesto, preparando la comida del gran banquete de aquella noche.
      Los invitados consumieron un galón entero de champán francés antes incluso de que la comida llegara a la mesa. Y luego apuraron el primero y el segundo y el tercer plato, y entonces Iwana trajo el plato principal, que, para el doctor Jewels, no era otra cosa que un montón de ancas de rana que le llegaba hasta la nariz. Los comensales, huelga decir, tuvieron que salir corriendo al jardín a vomitar los tres platos anteriores. Pero después de toda aquella confusión, y de todo aquel jolgorio, y de una cosa y de otra, cuando ya nadie podía seguir soportando la tensión de aquel suspense, cuando todo el mundo empezaba a golpear las copas de champán con las cucharas, el doctor Jewels se levantó para subir al podio y anunciar su decisión. Pero en ese preciso instante se oyó el estruendo de una andanada de cañonazos, y todo el mundo se escondió debajo de la mesa. Porque, por supuesto, cuando a Sir Walter le llegó el rumor de que De Berrío había desembarcado para la gran fiesta, concluyó que no podía significar más que una cosa: que su adversario había descubierto al fin El Dorado. Así que, por supuesto, no pudo sino llegar con su flota naval y lanzar otro de sus ataques sobre la desprevenida Demerara. Esperó a que la fiesta estuviera en su punto culminante, y a que todos los soldados estuvieran borrachos y apenas pudieran tenerse en pie, y disparó a un tiempo todos sus cañones. Pero Sir Walter cayó en la cuenta enseguida de que De Berrío no había encontrado una mierda, como de costumbre, y de que el único tesoro que en aquel momento de frustración se le ocurría que podía llevarse eran aquellas dos gentiles hijas de don Antonio (ambas con sus espléndidos vestidos manchados de calamares en su tinta, ambas temblando de miedo debajo de la mesa).
      Así que De Berrío tuvo que reaccionar rápidamente y salir con su flota en persecución de Raleigh, de nuevo Orinoco arriba, y atacarle y rescatar a las dos distinguidas doncellas. Pero, claro está, nada más verlas regresar, una gran preocupación empezó a gravitar en la mente de todo el mundo, sobre todo en la de don Antonio y la de doña María Penitencia. Porque nadie se acababa de creer lo que se decía de los marinos ingleses, por mucho que hubiera pruebas documentales al respecto. Porque todo el mundo creía que la realidad no tenía nada que ver con toda sus protestas acerca del honor, con todas aquellas plumas, con todos aquellos gestos primorosos, con todos aquellos modales de colegiala (ya que en el fondo todo inglés es un poco afeminado).
      Y fue el propio doctor Jewels el que llevó a cabo las dos comprobaciones. Y para ello utilizó la sonda de su educado dedo meñique, mientras todo Demerara esperaba el resultado con ansiedad ante el palacio. Y no había transcurrido mucho tiempo cuando el doctor Jewels apareció todo gallardo en el balcón y dejó su pañuelo sobre la barandilla –no el de cuadros, sino uno blanco para la ocasión–, y, después de retirarlo unos instantes, lo puso sobre la barandilla una vez más, y la multitud estalló en un gran clamor espontáneo. Porque, por supuesto, era la señal inequívoca –que todo el mundo entendía– de que ninguna de las dos Marías había perdido su virtud. (Si exceptuábamos, claro está, el dedo meñique del doctor Jewels.)
      Don Antonio estaba tan exultante que anunció que la fiesta duraría tres días y tres noches. Todo el mundo cantaba y bailaba y bebía ron en las calles –hay quien dice que fue el verdadero origen del carnaval actual–, y cuando finalmente estaban todos exhaustos, y borrachos como cubas, y sus voces se habían vuelto roncas por tanta bacanal, volvieron a congregarse de nuevo bajo el balcón de don Antonio. El doctor Jewels apareció de nuevo para anunciar su decisión frente a toda aquella gente que contenía la respiración ante lo que tanto había esperado oír: cuál de las dos Marías había elegido por esposa, y cuál regresaría a España para enterrarse de por vida en un convento. Pero apenas hubo abierto la boca y lo hubo anunciado, un segundo clamor espontáneo se alzó entre la multitud, pero esta vez para maldecir, para golpear el aire con los puños y para arrojarle frutas podridas..., porque lo que el doctor Jewels respondió, con toda su juvenil inocencia, era que no entendía la pregunta que se le había propuesto.
      Verás, Johnny: al igual que todos aquellos sofisticados jóvenes franceses de relumbre de la época, educados y con montones de pretensiones, el doctor Jewels era socialista. Eso significa que era ateo, y que no creía en Papá Dios, ni en el Papa ni en el rey ni en nada de nada más que en el poder del dinero, así que ¿cómo iba a casarse con una católica romana como cualquiera de las dos hermanas? El doctor Jewels, entonces, como ya te habrás imaginado, dijo que si don Antonio seguía queriéndole como yerno, la única posibilidad de complacerle era desposando a la más joven de sus hijas, que no era otra que la princesa Iwana. Porque a pesar de que desde muy niña Iwana se había pasado el tiempo en la iglesia, corriendo detrás del viejo arzobispo, a nadie se le había ocurrido jamás echarle un poco de agua bendita y una pizca de sal encima de la cabeza para bautizarla. Así que antes de que don Antonio y doña Penitencia tuvieran la menor ocasión de pensar cómo salir de aquella olla hirviendo en la que de pronto se veían inmersos, la multitud dejó escapar una espontánea salva de vítores. Y, como genuinos caribes que eran, se embarcaron en otros tres días de carnaval y bacanal en las calles. Dejando a don Antonio y a las tres Marías allí en el balcón, con los ojos revirados y la boca abierta como una familia de lagartos cazando moscas.

      Así que lo primero que el doctor Jewels tuvo que hacer fue construirse una casa donde vivir con su esposa Iwana, y levantó la más grande de las mansiones en el punto más alto de la isla. Era un castillo mayor que el de Sandlord, mayor incluso que el palacio de don Antonio. Con muros de coral macizo de metro y medio de grosor, y más de cien habitaciones, cada una con una ventana que miraba al mar. Y el dormitorio del doctor Jewels tenía su propia chimenea, y una gran cama con dosel, y una bañera con las zarpas doradas de un león por pies, y, escondida detrás de una estantería de la biblioteca, una puerta secreta. La puerta daba a un corredor estrecho con un hondo agujero oscuro al fondo, como un pozo sin agua, y una larga escalera de mano para descender por él. Y luego un túnel por donde había que arrastrarse a gatas y que discurría por debajo de los cimientos del castillo, y luego una escalera de piedra que ascendía en caracol hasta alcanzar el punto más alto del tejado. Luego había otra puerta de barrotes de hierro oxidado y un gran candado herrumbroso, y, por supuesto, al otro lado de esta segunda puerta se hallaba la torre del castillo. Era un espacio a cielo abierto, con un pequeño techado de paja en una esquina, y bajo él un camastro con un colchón de híspida fibra de coco, y una larga cadena herrumbrosa atada a una de las patas. Al otro extremo de la cadena, con otro candado y una argolla bien ceñida alrededor del cuello, estaba Iwana, sentada desnuda en el pequeño camastro. ¡Pero Iwana era más feliz viviendo en la torre de aquel castillo de lo que lo había sido en toda su vida!
      Ahora no tenía que ocuparse de la casa de don Antonio, con las tres Marías y el viejo arzobispo persiguiéndola desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Ahora no tenía aquella celda fría del sótano donde dormía los míseros minutos que doña María Penitencia le permitía al término de cada día desdichado. Porque lo cierto es que no había nada en el mundo que a Iwana le gustara tanto como dormir. Luego salía gateando de debajo de su techo de paja y se tumbaba, estirándose indolentemente al sol, con la piel dorada y brillante y los ojos medios cerrados bajo los gruesos y soñadores párpados. ¡No tenía la más mínima preocupación en todo el día! Y jamás se sentía sola ni hambrienta, porque desde el primer día que pasó en la torre Iguana venía a visitarla.
      Porque, verás, junto al castillo se alzaba el más alto y viejo de todos los árboles de la isla. ¡Y, Johnny, no te estoy hablando de ningún arbolito de tres al cuarto! Era una ceiba gigante –algodón de seda real–, con la más alta de sus ramas justo encima de la techumbre de paja de Iwana. Iguana –la única criatura sobre la tierra de Papá Dios capaz de trepar tan alto–, solía dejarse caer de la rama para plantarse con un golpe seco sobre el techado de paja, y visitaba a Iwana. Aquella primera mañana coincidió que Iguana estaba masticando el último trozo de hoja verde y tierna de taro, su comida preferida, y, claro está, los ojos de Iwana se iluminaron al instante. No había visto una hoja tierna de taro desde que era una niña pequeña. Aquella noche era luna llena, y a la mañana siguiente temprano Iguana le trajo un gran montón de hojas atadas con un cordel. Y se pasaron todo el día masticando hojas de taro, felices y contentas, haciendo una pausa de cuando en cuando para tenderse la una junto a la otra y entrecerrar los ojos bajo los ensoñadores párpados y echar una cabezada al sol. Hasta que una tarde, cuando ya el sol se iba poniendo despacio sobre el reluciente mar, bajo un cielo carmesí, les despertó con sobresalto el ruido metálico del candado que estaba abriendo el doctor Jewels.
      Iguana no tuvo otra opción, ni tampoco Iwana. Ni siquiera tuvo tiempo para meterse debajo del catre. Porque, por supuesto, como todo el mundo en la isla, Iguana había oído hablar hacía tiempo de los peculiares gustos culinarios del doctor Jewels. Y, Johnny, ¡la cola de una iguana no sabe muy diferente de las ancas de rana! En el tiempo de un suspiro Iwana alargó una de sus largas y doradas piernas hacia Iguana, e Iguana subió rápidamente por ella ¡y se coló dentro de Iwana!
      Pero al igual que todo el mundo en la isla conocía los peculiares hábitos culinarios de aquel médico francés, nadie había oído jamás nada acerca de sus peculiares gustos sexuales. Y ello fue una verdadera suerte para Iwana e Iguana, porque si el doctor hubiera hecho las cosas normales que hace todo mundo en estos casos, habría descubierto enseguida a Iguana dentro de Iwana. Pero, Johnny, para consumar su particular tipo de placer, el doctor Jewels ni siquiera tenía necesidad de quitarse la ropa. Muy al contrario, se vestía incluso con más ropa, si tenemos en cuenta el gran pañuelo de cuadros rojos y blancos que se sacaba del bolsillo trasero y se ataba al cuello como un babero de un niño. Luego el doctor Jewels cogía la cadena herrumbrosa atada a la argolla del cuello de Iwana y tiraba de ella para llevar a la pequeña hasta el pequeño camastro. Pero no lo hacía con rudeza, con brutalidad, ni de ninguna forma que pudiera resultar cruel en absoluto. Porque la verdad es que, pese a aquella cadena herrumbrosa, pese al candado y a la argolla y a todo lo demás, el doctor Jewels siempre trataba a Iwana como si fuera una muñeca de porcelana. Como si fuera un delicado pajarito, y la sentaba con suavidad en el camastro, con la espalda apoyada contra el muro fresco de coral. Luego el doctor Jewels abría las piernas, y se arrodillaba ante el catre como si no fuera el socialista ateo que era antes, sino un católico mejor que todos nosotros que se dispusiera a hacer sus plegarias de la noche. Como si estuviera sentado a la mesa ante su habitual y preciado plato de ancas de ranas salteadas en mantequilla, se alisaba hacia atrás el tieso bigote, con los ojos muy cerrados, en total éxtasis, y se inclinaba cuidadosamente hasta situarse un poquito más abajo que Iwana para el festín vespertino.
      Y, ¡papa-yo!, a quien el doctor Jewels degustaba, claro está, no era a Iwana, sino a Iguana, que estaba escondida dentro de Iwana. Y, por supuesto, ¡jamás había saboreado un coño tan dulce en toda su vida! Porque el doctor Jewels, debido a su profesión médica, había tenido ocasión de estudiar una gran variedad de ellos. Y había probado todo sabor y nacionalidad imaginables, desde burdeos francés a orégano italiano, pasando por coños ingleses bañados en nata espesa. Y coños hindúes palori, coños alemanes hervidos en cerveza, y coños portugueses cavinadash con ajo. El doctor Jewels había tenido ocasión de degustar coños oblicuos chinos, estrábicos de Singapur; e incluso los coños incensados de las dos Marías, pues esta particular preferencia del doctor Jewels se ajustaba a la única forma de sexo sin riesgo aprobada por la Iglesia. Pero, Johnny, el doctor Jewels jamás había probado a nadie como a Iwana, que en realidad era Iguana.

      Y así tarde tras tarde. En cuanto el sol empezaba a ponerse sobre el mar, Iwana e Iguana oían cómo el doctor Jewels hurgaba con la llave en el candado. Iguana corría por la pierna de Iwana y se metía dentro de ella. Y el doctor Jewels sacaba el pañuelo a cuadros rojos y blancos del bolsillo trasero del pantalón y se arrodillaba junto al camastro para el festín de cada noche. Pero, Johnny, si he de ser justa con el doctor Jewels, tendré que decirte que al cabo de un tiempo Iwana aprendió a cerrar los ojos, como hacía su visitante. Porque al cabo de un tiempo Iwana había descubierto los placeres de aquellas visitas vespertinas del doctor Jewels. Hasta que no podía soportar la intensidad de su excitación y le apartaba la cabeza hacia atrás con suavidad. Y el doctor Jewels, siempre amable y respetuoso con Iwana, se atusaba las patillas y doblaba el pañuelo y se lo guardaba en el bolsillo trasero, le dedicaba a su amante una galante inclinación de cabeza y salía apresuradamente por la puerta.
      Y así tarde tras tarde, como te decía. Y los años pasaron antes casi de que Iwana pudiera darse cuenta. Pero, aislada como estaba en lo alto de la torre del castillo, Iwana jamás tenía conocimiento de lo que acontecía en el mundo de allá abajo. Por supuesto, Iguana la mantenía informada hasta cierto punto, y le traía algunas nuevas cada mañana. Sobre los acontecimientos más recientes de Demerara, sobre los últimos ataques de Sir Walter contra Fernando de Berrío, sobre las represalias de De Berrío contra Sir Walter Raleigh. Pero había un tipo de noticias que Iguana nunca tenía corazón para contarle a Iwana: las noticias de su pueblo amerindio, de su familia real, de los arawak y los caribes y los guaraúnos. De cómo aquellos europeos estaban matándolos y diezmándolos. Convirtiéndolos en esclavos para que trabajaran en los campos de caña y en la fabricación de azúcar, y en el tabaco y en el café y en el cacao y en todas sus cosechas. Hacían trabajar sin tasa a aquellos buenos amerindios, y les pegaban con el «gato de nueve colas» hasta hacerlos rodar por tierra. Iguana nunca tenía corazón para contarle a Iwana que la familia real había perecido hacía mucho tiempo, y que apenas quedaba un puñado de su gente sobre la tierra. Porque, Johnny, aquellos europeos estaban trayendo barcos y barcos llenos de esclavos al Caribe. Nuevos esclavos que reemplazaban a los desaparecidos amerindios. Y estos esclavos venían en barcos desde África, e Iguana nunca le dijo a Iwana que en el castillo del doctor Jewels no quedaba ni un solo esclavo amerindio, que ahora todos eran africanos.
      Y, como para ponerse al día con los cambios del mundo, el propio doctor Jewels empezó a cambiar. Para entonces el doctor Jewels se había convertido en un anciano ajado, frustrado en relación con su persona y con su edad avanzada y frágil. Ya no trataba tan bien a Iwana, ni con tanta delicadeza, y, Johnny, algunas de sus actividades de esa época eran demasiado repugnantes para que te las describa. Una tarde, sin previo aviso, el doctor Jewels apareció en la torre acompañado de otra persona. Era la primera vez en todos aquellos años que no llegaba solo. Y esta vez –atado con otra cadena herrumbrosa y con otra argolla al cuello y otro candado– traía con él a un nuevo esclavo que acababa de comprar aquella misma mañana en el mercado. Y, Johnny, cuando aquel atardecer Iwana oyó al doctor Jewels hurgar con la llave en el candado, y abrió bien los párpados medios cerrados para ver a la criatura que tenía ante sí, de pie junto al doctor Jewels, se incorporó de un brinco, ¡porque no había visto a un hombre tan hermoso en toda su vida! Al igual que la propia Iwana, aquel joven esclavo era un príncipe de la familia real del pueblo de los yoruba. Era alto y fuerte, tenía la piel de un violeta intenso y la gracia de una pantera que se desliza sin ruido bajo los árboles, y su nombre era Anaconda.
      El doctor Jewels, como de costumbre, sacó el pañuelo a cuadros rojos y blancos. Se arrodilló ante la cama, enfrente de Iwana, como hacía cada atardecer. Pero esta vez tenía en sus manos la cadena de Anaconda, que seguía de pie junto a él con la cabeza vuelta para mirar hacia otro lado. Porque, por supuesto, jamás osaría mirar a Iwana y hacer que se avergonzara. ¡Jamás! Y luego, cuando el doctor Jewels hubo quedado satisfecho, dobló el pañuelo y se lo guardó en el bolsillo trasero, y no le dedicó a Iwana una inclinación de cabeza galante antes de marcharse, como solía. No, Johnny, ahora el perverso doctor Jewels quería el placer adicional de mirar cómo Anaconda le hacía a Iwana lo que él, por su provecta edad, no podía hacerle. Ordenó a Anaconda que se desnudase totalmente. Anaconda obedeció. Le ordenó tenderse en el camastro junto a Iwana. Y Anaconda se acostó en el camastro. Luego el doctor Jewels sonrió con perfidia y se alisó hacia atrás los bigotes encerados, y ordenó a Anaconda que besara a Iwana. Primero en la boca, luego en los suaves pechos. Anaconda obedeció. Pero en cuanto el doctor Jewels pronunció la siguiente orden inhumana, Iwana se puso a temblar de miedo en los brazos fuertes de Anaconda, aterrorizada por ella misma y por Iguana, y Anaconda sintió piedad de ella e invocó los poderes mágicos que se había traído consigo a través del mar desde su tierra natal de África.
      Porque, Johnny, como todos los príncipes yoruba de sangre real africana, Anaconda podía cambiar su forma humana por la de cualquier criatura que llevara su nombre. Y en aquel preciso instante Iwana miró hacia abajo y lo que vio fue una gruesa y negra serpiente que se retorcía en el camastro, a su lado. El doctor Jewels seguía allí delante, estupefacto, sin nada en las manos más que la cadena herrumbrosa y la argolla vacía. Rápido como un suspiro, Anaconda se encaramó al techado de paja de encima de sus cabezas, y trepó a la rama más cercana de la ceiba. Porque pese a que Anaconda jamás habría podido subir hasta las ramas más altas de tan gigantesco árbol, ¡era capaz de bajarlo sin ninguna dificultad! Y eso fue lo que hizo, de rama en rama, hasta llegar al suelo sano y salvo. Y entonces –y esto es lo más curioso de todo– Anaconda reptó hasta meterse directamente en el saco de yute del doctor Jewels. Porque el doctor Jewels, claro está, había bajado precipitadamente las escaleras y esperaba al pie del tronco para volver a hacerlo prisionero.

      Y sucedía lo mismo día tras día, tarde tras tarde. Anaconda se convertía en serpiente y se escabullía en el último momento, y el doctor Jewels bajaba corriendo desde la torre para volver a atraparlo –Anaconda se dejaba capturar voluntariamente– en cuanto tocaba el suelo. Hasta que un atardecer, cuando el sol empezaba a desaparecer bajo el reluciente mar, y el cielo estallaba en un vivo carmesí, Anaconda no pudo resistir la tentación de detenerse unos instantes en la rama para contemplar la hermosa escena. Luego volvió la mirada y vio cómo el doctor Jewels salía apresuradamente por la puerta de la torre, y bajaba arrastrando la herrumbrosa cadena y la argolla por las escaleras. Y luego –tuvo que parpadear dos veces antes de poder dar crédito a lo que estaba viendo– vio cómo Iguana salía serpeando de dentro de Iwana. Sacudió la cabeza, como para descartarlo como uno más de esos acontecimientos mágicos y sin sentido tan habituales en los cuentos populares, y se disponía a dejarse caer a la rama de abajo para comenzar el descenso, cuando vio algo que le entristeció profundamente el corazón: Iwana e Iguana estaban llorando. Así que Anaconda volvió a encaramarse al techado, y se deslizó por el madero hasta el suelo para preguntarles el motivo de su llanto.
      Las dos contestaron a la vez. Hablaron al mismo tiempo y le contaron, claro está, que ambas estaban enamoradas de él. Cada cual, por supuesto, con cada una de sus formas. Anaconda se quedó mirando unos instantes el cielo carmesí, y se llenó de tristeza, y dijo que también él estaba profundamente enamorado. Hasta el punto de dejarse capturar por el doctor Jewels todas las noches para poder volver a buscar los besos de la bella Iwana. Un amor imposible. Pero en el instante mismo en que decía esto se vio un destello en la hondura de los ojos oscuros de Anaconda. Sonrió, y les dijo a Iwana e Iguana que secaran sus lágrimas.
      –Dejadme reflexionar sobre el asunto esta noche –dijo–. Y mañana al atardecer os diré lo que hemos de hacer.
      Con esto Anaconda se encaramó al techado de paja, y pasó a la rama más cercana de la ceiba, y empezó a bajar por su enorme tronco. Y cuando estuvo en el suelo, entró directamente en el saco de yute del doctor Jewels.
      Al atardecer siguiente Anaconda esperó a que el doctor Jewels empezara a bajar por las escaleras como de costumbre. Entonces volvió al techado y, con una luminosa sonrisa en la cara, se deslizó por el madero hasta donde estaban Iwana e Iguana.
      –¡Escuchad! –les dijo–. Lo que voy a hacer es quitarme la piel. Y quiero que se la ponga Iguana. Mañana, cuando el doctor Jewels venga a disfrutar de su festín, Iguana debe meterse como siempre dentro de Iwana. Y entonces –dijo Anaconda con una sonrisa de inteligencia–, ¡vamos a ver lo que vemos!
      Y eso es exactamente lo que sucedió. Anaconda se quitó la larga piel y se alejó reptando, ruborizado como un niño. E Iguana se puso su piel, aunque era muchas muchas veces más larga que él. Y, tal como ya habrás adivinado –siendo esto hace tanto tanto tiempo, cuando la misma tierra seguía siendo joven–, Iguana era aún una joven y fresca criatura. Su piel era suave y lisa como la de un aguacate fresco: ¡dorada y reluciente y sin tacha hasta la punta misma de la cola! Pero, Johnny, cuando Iguana terminó de ponerse la larga piel de Anaconda, no parecía ninguna jovencita. ¡Parecía la criatura más vieja y ajada de la tierra de Papá Dios! Como un viejo y astroso rastafari al que los rizos le cayeran hasta más abajo de la cintura, Iguana tenía multitud de arrugas en el cuello, y en el vientre, y en todo el cuerpo. Tal cantidad de arrugas que al anochecer siguiente, cuando el doctor Jewels llegó con Anaconda y metió la llave en el candado, Iguana tuvo que esforzarse y esforzarse para lograr introducir toda la piel que le sobrada en el interior de Iwana.
      Apenas gustó la amargura de la piel de Anaconda, el doctor Jewels abrió los ojos de par en par por vez primera en sus festines vespertinos. Miró dentro de Iwana y vio todas aquellas innumerables arrugas de dama vieja, en el mismo coño que sólo el día anterior había sabido tan dulce y tan suave y tan fresco como el de una jovencita. El doctor Jewels se apartó dando un respingo, hecho una furia. Corrió hasta el muro de la torre para escupir aquel sabor amargo de su boca. Y, Johnny, entonces sucedió algo que nadie podía haber previsto. Ni siquiera yo, que llevo tantos años contando esta historia. El doctor Jewels se dio la vuelta para mirar a la bella Iwana echada en la cama, y al apuesto Anaconda a su lado: dos de las más hermosas criaturas que habían pisado esta tierra dorada de Papá Dios. Y vio por vez primera la realidad de aquellas miserables cadenas que les sujetaban por el cuello. Contempló por vez primera el mísero estado del mundo –obra suya también, en gran medida–, y sin decir ni una palabra el doctor Jewels se lanzó al vacío y se estrelló contra la tierra.
      ¡Así, sin más! La historia había terminado antes de que nadie hubiera podido imaginarse tal final. Porque, Johnny, lo único que tenía que hacer Iguana era salir del interior de Iwana para que Anaconda pudiera hacer el amor con ella y nuestra historia tuviera un final feliz. Pero el caso es que sucedió algo más, que ninguno de ellos tres ni nadie en este mundo se habría imaginado. Verás, cuando Iguana salió serpeando de Iwana, no pudo evitar dejarse dentro la mitad de aquella piel llena de arrugas. Y cuando Iguana trató de zafarse de la arrugada piel que le quedaba encima, no pudo hacerlo. La piel se les había pegado de tal forma –a ambas, a Iwana e Iguana– que las dos se quedaron con aquellas arrugas hasta el mismo día de hoy. Así es como llegaron a tener tales arrugas. Y, Johnny, cuando te hagas mayor y tengas ocasión de comprobarlo por ti mismo, te encontrarás con todas esas arrugas plegadas dentro. Exactamente como te lo cuento. Pero no te preocupes, porque, Johnny, otra cosa que puedo decirte sobre las iguanas es que, pese a todas sus arrugas, ¡aquellas dos se conservaron jóvenes y dulces dulces para siempre!
      Y esto, por supuesto, Anaconda lo supo tan bien como nadie. Así que, cuando el sol desaparecía ya bajo el rutilante mar, y el cielo arriba era de un vivo carmesí, Iwana y Anaconda pudieron hacer el amor al fin. Y a la mañana siguiente Anaconda le enseñó a Iwana a cambiarse de forma a sí misma. E Iwana se convirtió en Iguana. Luego Anaconda se convirtió en serpiente, y ambos treparon por la ceiba gigante. Y desaparecieron en la espesura de la selva, donde vivieron felices hasta el día de hoy. Pero hay veces, en noches de luna llena, cuando el aroma de la selva es verde como el primer día en que Papá Dios insufló vida en la tierra, en que Anaconda e Iwana sienten nostalgia de su forma primitiva. Y hay veces en que sucumben a ese deseo intenso, con el solo fin de hacer el amor como humanos.
 

© Robert Antoni
© Jaime Zulaika
original inglés | version française

Esta versión electrónica de "Cómo a Iguana le salieron las arrugas o la verdadera historia de El Dorado" aparece en The Barcelona Review con el permiso de la editorial y del autor está incluida en la colección de relatos del autor Cuentos eróticos de mi abuela,
Robert AntoniAnagrama, 2002.

Robert Antoni nació en Estados Unidos en 1958 y cuenta con tres pasaportes distintos: el de Estados Unidos, el de Trinidad y Tobago, y el de Bahamas. Su mundo de ficción está constituido por la isla de Corpus Christi, y para recrearlo se remonta a los doscientos años de historia de su familia en Trinidad y Tobago y a su infancia y juventud en Bahamas. "Cuentos eróticos de mi abuela", editado por Anagrama, es el primer libro de relatos suyo que se publica en castellano.

Este texto no puede reproducirse ni archivarse sin permiso del autor y/o The Barcelona Review. Rogamos lean las condiciones de uso.

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  noviembre - diciembre 2002  número 33 

Narrativa

Robert Antoni
"Cómo a Iguana le salieron las arrugas o la verdadera historia de El Dorado"

Antonio Paniagua
"La luz y el pecado"

Ensayo

David Taranco
"Roberto Arlt: Sesenta años después de la muerte del escritor argentino su obra sigue estando vigente"

Nota de actualidad

Sara Martín Alegre
"Arañas, dragones y Ralph Fiennes: Retrato de la locura en Spider de David Cronenberg y El dragón rojo de Brett Ratner"

Reseñas

Tu rostro mañana. I. Fiebre y lanza, de Javier Marías
Expiación de Ian McEwan.
El día del watuside de Francisco Casavella.
Lo bello y lo triste de Y. Kawabata

Cuentos eróticos de mi abuela de Robert Antoni

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