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marzo - abril 2001  num 23

Bolsillos grandes
con carteras abotonadas

Alasdair Gray

Traducción: Mercè López Arnabat


Una mañana agradable de septiembre. Un hombre no precisamente joven avanza pensativo por el estrecho sendero de una antigua línea férrea. El ruido le recuerda la proximidad de la autopista, pero zarzas, saúcos y espinos limitan su campo de visión al sendero que se extiende en línea recta frente a él hasta que, en un pequeño claro que se abre a su derecha, ve a dos chicas sentadas al pie de un viejo poste del telégrafo. El hombre se detiene y levanta la cabeza para examinar la madera gris y agrietada del poste, los travesaños, y los aisladores semejantes a pequeños tarros de mermelada de los que cuelgan cables rotos. Ha visto que las chicas, un par de adolescentes de aspecto ceñudo y taciturno, llevan pesadas botas de plataforma y holgados pantalones militares que contrastan con la esbeltez de sus cuerpos. --¿Qué mira? --le pregunta malhumorada una de ellas.
      --Los cables de este viejo poste --responde el hombre sin bajar la vista--. No hace tantos años mantenían en contacto este país nuestro con un imperio comercial de importancia mundial.
      --¿Que no hace tantos? ¡Hace siglos! --replica la chica con desprecio.
      Mirándola de soslayo, el hombre se da cuenta de que lleva un pendiente en el labio inferior y otro en la aleta de la nariz.
      --¿Siglos? Sí. Supongo que dejó de utilizarse antes de que vosotras nacierais.
      El hombre sigue mirando hacia arriba hasta que la otra chica se levanta, se despereza, finge un bostezo, dice "Me voy", y se pierde entre la maleza. Su compañera sigue sentada en la misma postura en la que la ha encontrado el paseante.
      Al poco, el hombre se saca un periódico doblado del bolsillo del abrigo, lo extiende sobre la porción de hierba que ocupaba la chica que se ha ido, y se agacha con cuidado hasta quedar sentado con las manos abrazadas a la rodilla de una pierna flexionada. Mirando de reojo a la chica (que sigue aparentando indiferencia), dice en voz baja:
      --Tengo que hacerte una pregunta complicada sobre cierta palabra que empieza por jota. ¿Te escandaliza? ¿Te molesta? No me refiero a cuando se usa como palabrota. No me gustan las palabrotas. Me refiero a cuando se usa para denominar el acto... lo que hacen los amantes. ¿Sí?
      Le concede un momento para que conteste y luego sigue con voz diligente, como si hubieran llegado a un acuerdo.
      --Entiendo perfectamente que una joven bonita como tú (ella hace un gesto de desdén), no pongas esa cara, no tenga ningún deseo de jotaetcétera con un viejo aburrido como yo, y menos aún al lado de unas vías abandonadas y entre toda esta maleza. Pero supongo que no tienes trabajo y necesitas dinero.
      --¡Joder! --exclama ella--. No veas.
      --No digas palabrotas. El mundo está lleno de injusticias, pero no soy ningún hipócrita: me alegro de tener el dinero que tú necesitas. De lo que se trata, por lo tanto, es de discutir cuánto estoy dispuesto a pagar yo y que estás tú dispuesta a hacer a cambio. Te advierto que, para satisfacer mis necesidades, bastará seguramente con una pequeña charla. Nunca he sido un entusiasta de la vertiente horizontal de este tema.
      --¡Diez libras! --dice la chica, mirándole por fin a la cara.
      El hombre asiente y dice:
      --Me parece razonable.
      --Pero ya. Si no es por adelantado, nada --insiste con la mano extendida. El hombre extrae los billetes correspondientes de la cartera que lleva en el bolsillo.
      --Gracias --dice ella mientras se levanta y se los guarda en el bolsillo--. Hasta luego.
      El hombre la mira desilusionado.
      --Eres demasiado raro para mí --le dice ella--, además de demasiado viejo. Y tienes razón: el mundo está lleno de injusticias.
      La chica se pierde entre la maleza. El hombre suspira ensimismado.
      Entonces se oye ruido de hojas. La otra chica reaparece y se le queda mirando. El hombre no reacciona hasta que ésta le dice:
      --No me había ido. Os he estado escuchando desde hay detrás. A mí no me pareces raro. No hasta el punto de darme miedo. Yo diría que eres... diferente.
      --¿Te llamas...? --pregunta él con desgana.
      --Davida.
      --Creía que la costumbre escocesa de derivar el nombre de la hija del del padre se había perdido.
      --Se ha vuelto a poner de moda. ¿Cómo te llamas tú?
      --No pienso soltar nada más por hoy. No cuentes con ello.
      Pero no aparta los ojos de ella. La chica le corresponde con una sonrisa hasta que él, resignado, la invita a sentarse a su lado. La chica se sienta algo más lejos de donde indica la mano del hombre, se agarra las piernas con los dos brazos, y pregunta decidida:
      --¿Qué le ibas a decir a Sharon?
      --También quieres que te dé dinero.
      --Sí, algo, pero no tanto como a Sharon. El dinero da igual. Dime lo que quieras: no me enfadaré.
      El hombre la mira, abre la boca, traga saliva, cierra los párpados con fuerza y masculla:
      --Bolsillosgrandesconcarterasabotonadas.
      --¿Qué?
      --Bolsillos --repite--. Con. Carteras. Abotonadas. ¡Por fin!
      --¿Y eso te pone? --dice Davida mientras contempla incrédula sus bolsillos.
      --Sí --le espeta él--, porque la violencia es sexy. Son bolsillos militares, pensados para llevar cargadores, granadas y raciones de campaña. En una mujer resultan turbadores... irresistibles. Por inadecuados, precisamente.
      --Sí, supongo que por eso están de moda, pero no tampoco es como para emocionarse.
      --A mí me gusta emocionarme con estas cosas --gruñe él, y se tapa la cara con las manos.
      --¿Eras profe?
      --No me sacarás nada más. ¿Por qué te parece que he sido maestro?
      --Porque eres mandón pero, al mismo tiempo, educado. Por eso. Además, los profes tienen que aparentar que son mejores que las personas normales: por eso se vuelven un poco majaras cuando se jubilan. ¿Qué querías hacer con los bolsillos de Sharon que valiera diez libras?
      El hombre se resiste a volver la vista hacia ella.
      --¿Querías meterle las manos dentro? ¿Así? --dice riendo mientras se mete las manos en los bolsillos--. ¿Y después irlas moviendo? ¿Así?
      --¡No quiero oír más guarradas! --ordena un muchacho alto y delgado que sale de la maleza--. ¿Cómo te atreves a hacerle insinuaciones obscenas a esta jovencita? ¡Abusador de menores!
      --¿Quién, yo? ¡Ja! --exclama el hombre antes de tenderse en la hierba con las manos en la nuca. Le ha parecido que se imponía dar una imagen lo más relajada e inofensiva posible, dado que ahora se encuentra en inferioridad numérica. Al lado del muchacho alto hay otro bajito con la cabeza rapada y una cara inexpresiva, detalles ambos que le confieren un aspecto mucho más amenazador. Y, a su lado, Sharon, que repite en tono burlón:
      --Bolsillos grandes con carteras abotonadas.
      --Deberíais habernos dejado solos un poco más --dice Davida--. Había empezado a pasárselo bien.
      --¡Había empezado a satisfacer su inclinación fetichista y antisocial con una chica que podría ser su nieta! --grita con rabia el muchacho alto.
      --¡Dos chicas en un cuarto de hora! --dice Sharon--. Tenemos testigos. Tendrá que pagarnos.
      --Ya os he pagado --protesta el hombre.
      --Le recomiendo que no adopte esa... actitud si quiere seguir de una pieza --dice el muchacho alto mientras va sacándose del bolsillo de los pantalones un cuchillo con la hoja muy larga. El otro muchacho, el más bajo y de aspecto más amenazador, dice entonces:
      --Hola, señor McCorquodale.
      El hombre se incorpora para verlo mejor.
      --¡Shon! ¿Qué tal por casa? --pregunta.
      --A mi padre aún no lo han soltado, pero a Sheila le va bien con lo de las teles de alquiler. Se fue a Australia.
      --Sí, Sheila era la más lista de todos vosotros. Le aconsejé que se fuera de Escocia.
      --¡Ya me parecía a mí que era profe! --dice Davida con aire de suficiencia.
      --¡Serás imbécil! --grita el muchacho alto al otro--. Si no te hubieras metido, le habríamos desplumado, nos habríamos largado y no habría pasado nada. No somos de por aquí, no tenemos antecedentes... no habrían podido dar con nosotros. Si no queremos que nos identifique, ahora tendremos que cortarle las manos y la cabeza y enterrarlas en el quinto pino.
      El muchacho corta el aire con rabia. Las chicas ponen cara de asco.
      --No le hagas eso al viejo Corky --dice conciliador el más bajo--. Los había mucho peores.
      --¿Que los había mucho peores? --protesta el ex maestro mientras se pone de pie de un salto. ¿No os hice sufrir bastante a ti y a tus hermanos en clase de gimnasia? Yo sí te recomiendo --le dice al muchacho alto-- que guardes ese cuchillo. Salta a la vista que no sabes utilizarlo.
      --¿Y tú sí? --replica sarcásticamente el chico.
      --Pues sí. Yo pertenezco a la generación que hizo el servicio militar. Tu has hecho la instrucción a base de televisión y de videojuegos. A mí a los dieciocho el ejército británico me enseñó a matar con armas y sin ellas. Davida, Sharon, Shon, convenced a vuestro amigo para que guarde ese cuchillo del pan. Decidle que es un joven fornido, pero que yo soy más fuerte de lo que parezco, y que, si realmente le interesa el combate sucio, le puedo enseñar más de un truco que le dejará anonadado. Decidle que le he dado a Sharon todo el dinero que llevaba, de modo que, si no le basta, tendrá que venirse a casa conmigo.
      Y el señor McCorquodale sonríe desilusionado ante los pantalones de combate del muchacho alto.
     

© 2000 Alasdair Gray
Traducción: Mercè López Arnabat

Este texto no puede reproducirse ni archivarse sin permiso del autor y/o The Barcelona Review. Rogamos lean las condiciones de uso.

biografía

Alasdair Gray (Glasgow, 1934). Tras estudiar en la escuela de arte de su ciudad natal, se dedicó básicamente a la pintura y la escritura, y desde 1981 a ilustrar libros, casi siempre los suyos. Gray is uno de los más conocidos escritores escoceses, autor de varias novelas y antologías de narrativa breve.


Traductora:
Mercè López Arnabat. Nacida en 1967. Debutó en 1993 con El raòm de la ira y desde entonces se atreve con todo. Traduce del inglés y el italiano al catalán y al castellano. Ha enseñado inglés a catalanes, catalán a escoceses y griego antiguo a adolescentes. Ha traducido Cara quemada de Alan Warner, para Ediciones B; El refinament del gust de John Lanchester, i La filla de Burger de Nadine Gordimer, para Edicions 62; Destroy de Isabella Santacroce, para Anagrama, y una larga serie de libros, narraciones, películas y series de televisión. e-mail: mercepolis@retemail.es

navegación: barcelona review número 23  marzo-abril 2001 
-Narrativa

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Teresa Ruiz: El paralelismo de las líneas
Eduardo Aladro Vico: Hip Hop
Mariano Serrano Pascual: El último viaje
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