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índex     noviembre - diciembre 2001  num 27

version en inglés!| biografía

Spanish cover to BorderlandsLa vida loca
James Carlos Blake
traducción de Luis Murillo Fort

       

       

La pérdida       

Checa. Yo sabía que ese bato trabajó un tiempo vendiendo boletos en un canódromo de Tijuana. Un primo suyo que vivía allí le consiguió el empleo. El tipo vivía en Chula Vista y cruzaba a México cada día para ir a trabajar. Un millón de beaners tratando de pasar a este lado cada día, sabes, por el American Dream y todo ese rollo, y el pocho de marras iba cada día en dirección contraria para ganarse los frijoles... De locos, ¿eh? La vida loca, mano.
      En fin, ese bato –Cisco se llamaba- tenía un truquito para aumentar su sueldo. Encima estrictamente legal, mano. Y libre de impuestos. (¿Tú lo declaras todo a Hacienda? Ni soñarlo.) Lo que hacía era que cada vez que un tipo le preguntaba en la taquilla a qué número apostar, él se lo decía. Antes de cada carrera siempre venía a alguien a preguntarle cuál sería el ganador. como él vendía boletos, pensaban que tenía que estar en el ajo, entiendes, pero el mundo está lleno de pendejos, tengo razón, ¿que no? O sea que figúrate: los tipos le preguntan a Cisco qué perro va a ganar la carrera y cisco se lo dice. Nomás que le da un número distinto a cada cuate que le pregunta. Imagínate, repasaba de arriba abajo la lista de participantes; al primer tipo que le preguntaba le decía el número uno, al siguiente el número dos, y así. Y cada vez que completaba la lista, al menos uno acababa acertando. En algunas carreras iban tantos tipos a preguntarle que recorría la lista nueve o diez veces antes de cerrar la ventanilla. Muchos de esos tipos ni se molestaban en darle las gracias, pero los había que se portaban muy bien con él. Volvían a la ventanilla luciendo una gran sonrisa y le pasaban un billete de diez o de veinte, según el premio. Y Cisco iba sumando. Me dijo que algunas noches regresaba a casa con una carretilla llena de dinero. No está mal, ¿eh? Y a prueba de balas, mano.
      El único problema era que los tipos a los que daba un número malo no se lo tomaban tan bien, entiendes. Esos sí que volvían a la ventanilla, y cisco tenía que oír de todo y soportar miradas de esas que matan. A veces se encogía de hombros, como indicando que a él también le habían tomado el pelo, como si le hubieran dado un soplo equivocado. Normalmente hacía como que no los oía. Procuraba no mirarlos a los ojos.
      Una noche un par de pendejos que habían perdido mucha lana por culpa suya fueron a buscarlo. Unos cabrones bien grandotes, mano. Y malos perdedores. Lo siguieron hasta el estacionamiento, el sacaron hasta el último centavo y se divirtieron de lo lindo pateándolo. Por poco lo matan, mano. Acabó con los dos brazos quebrados, una pierna, los pómulos, perdió algunos dientes de arriba, un poco de visión en un ojo. No le quedó hueso sano. Estuvo jodido durante meses. Al final se arruinó con las facturas del hospital.
      Tengo entendido que ahora está en Los Ángeles. Vende seguros en los barrios de hispanos.
     

La derrota
       
Cada cual tiene sus razones para estar resentido, pero no puedes ceder a ellas cada vez que se te pega la gana. Hay un lugar y un momento para todo. De todos modos, al mundo le importa un carajo. A muchos de esos tipos les cuesta entenderlo, sobre todo a los mexicanos. Chico jamás lo entendió.
      Estábamos él y yo tomando una cerveza junto al puente que va hacia Mustang, y Chico ya estaba un poco encabronado porque apenas quedaban un par de tragos y no teníamos dinero suficiente entre los dos para comprar otra botella. Y de repente aparece un coche patrulla con la sirena en marcha y las luces parpadeando y de pronto se sube a la banqueta y frena chirriando justo delante de nosotros. Casi nos atropella a los dos. Me llevé tal susto que solté la botella, que se rompió dejándonos sin los dos últimos tragos.
      Era un poli solo, un mexicano joven de padres mojados si es que no lo era él también, y allí estaba, hecho todo un policía de Corpus. Parecía que iba a mearse en los pantalones cuando salió del carro gritando: «¡Al suelo, al suelo! ¡Las manos detrás de la cabeza!» Pero cuando sacó la pistola de su funda se le resbaló de la mano y vino patinando hacia mí. Jamás había visto nada parecido.
      Chico gritó: «¡Agárrala!», y yo que la recojo del suelo y que apunto al poli con ambas manos. No tocaba un arma desde que estuve en el ejército.
      Al poli se le ponen los ojos como platos. Levanta las manos. «¡No dispares! –dice– ¡No dispares!» Empieza a hablar a cien por hora y casi no se le entiende; dice que están buscando a dos tipos que acaban de atracar el McDonald’s que a seis cuadras de allí –un anglo y un mex–, pero ya ve que no somos nosotros, así que por favor no le disparemos. Yo mismo estoy temblando como un flan y me pregunto qué diablos estoy haciendo.
      Chico le ordena que se calle y le empieza a decir de groserías. Yo, mientras, le digo: «Vámonos! ¡Órale, güey, vámonos!», pero Chico está encabronadísimo. Agarra un pedazote de un bloque de concreto, se acerca al coche patrulla y ‘¡ZAS!: el parabrisas izquierda convertido en una telaraña. El poli todavía está con los brazos en alto pero ahora tiene la boca abierta. Supongo que yo también.
      ¡ZAS! Chico revienta un faro, exclamando: «¡A la chingada!» Luego rompe el otro. Después las luces del techo. Y mentras destroza el coche va diciendo cosas como: «¡Pinche policía! ¡Pinche gente! ¡Pinche Marisol, pinche puta!»
      Marisol es su ex. Se volvió a casar el año pasado con uno del valle.
      De pronto unas sirenas nos rodean por los cuatro costados. Chico parece que no se entera y sigue empeñado en hacer añicos la patrulla con el trozo de bloque de escoria. «¡Estoy harto! –grita–. Estoy hasta la madre de todo!»
      Es inútil correr. Entrego la pistola al poli y pongo las manos a la espalda para que me espose, y allí nos quedamos viendo cómo llegan los refuerzos. Cuando ven lo que está pasando todos corren hacia chico empuñando las macanas. Opuso resistencia durante unos cinco segundos hasta que le dieron un chingadazo en los huevos y otro de propina en otras partes.
      A mí me cayeron seis meses en el campo de trabajo del condado. chico tenía un montón de antecedentes y por eso le cayó un año y medio en Huntsville.
      Seguramente se habrá pasado todos los días meditando sobre las cosas de las que está harto.
              

El atraco
       
 
Asaltamos una tienda de ésas que abren de noche en El Paso en la I-10 el martes pasado por la noche, y por poco no la contamos.
      Al principio todo iba bien. Ramos agarró a la pelirroja de la caja registradora mientras yo vigilaba las puertas y cubría a los otros. Ramos es un auténtico profesional, trabajó rápido y seguro, como siempre. La pelirroja, bien asustada, empezó a decir algo, seguramente tratando de engañar a Ramos con que no tenía llave o que la caja era de apertura retardada, qué sé yo, pero nosotros habíamos estudiado a fondo la tienda y sabíamos que no era cierto. Ramos le habló bien tranquilo y amable, y ella asintió y abrió la caja y se puso a meter rápidamente los billetes en una bolsa de plástico.
      El gordo que había junto al congelador de los helados estaba histérico pero fue lo bastante listo para quedarse quietecito sin abrir la boca. Lo mismo que la mamá mexicana que apretaba a una niña contra sus piernas. No perdían de vista la pistola. Por eso utilizo la de calibre 44. aunque es una lata llevarla encima e intentar disimularla incluso bajo una camisa holgada, un cañón como ése llama mucho la atención y la gente lo recuerda mucho mejor que mi cara.
      Sin embargo, el tipo de la camiseta de la Universidad de Tejas en El Paso que había estado con al cabeza metida en el refrigerador de las carnes frías cuando nosotros entramos no se había enterado aún de qué pasaba. Acaba de hincarle el diente a un sándwich cuando se da vuelta y capta toda la escena. Y un momento después lo veo que se dobla por la cintura, le dan arcadas y cae de cuatro patas haciendo ruidos como si se estuviera ahogando y se está poniendo azul. Entonces pensé, si ese pendejo se nos muere nos lleva la fregada. En tejas, cuando alguien se muere de lo que sea durante un delito mayor –pongamos que tropieza con el cordón de los zapatos y se abre la maldita cabeza–, se declara a los delincuentes culpables de homicidio. Llevábamos unos catorce o quince atracos y nadie se nos había ido al otro barrio. Jamás había habido tiros, ni infartos, nada de nada. Y ahora nos pasa esto con ese bato.
      Ramos se percata de lo que ocurre y yo veo que articula «mierda» con los labios y entonces va y se acerca al tipo para ocuparse de él: el pobre está ya morado, empieza a retorcerse, tiene los ojos en blanco y la lengua hinchada como no se pueden imaginar. Ramos lo abraza desde atrás y entrelaza las manos a la altura del pecho del tipo y se lo estruja varias veces seguidas. Y mientras yo pienso que ahora sí nos va a llevar la chingada, me pregunto dónde carajo ha aprendido a hacer eso. Todo el mundo mira el espectáculo como si fuera la maldita tele.
      De repente un pedazote de sándwich sale disparado por la coca del bato aquél y se estampa en una revista People que está en un revistero a tres metros de allí y el tipo se pone a tragar aire como un freno neumático.
      Ramos corre al mostrador, agarra la bolsa con el dinero y nos largamos como gatos con la cola ardiendo. Hago girar el Mustang frente a la fachada, tuerzo hacia la carretera y salimos hechos la raya.
      A medio camino de Tucson, Ramos cuenta el botín. Ciento treinta y dos verdes. Pinche oficio. Normalmente me tomo dos cervezas cada noche. Aquella noche dejé de contarlas cuando me acabé las primeras seis.
       

© James Carlos Blake
©
Traducción de Luis Murillo Fort

Estos textos, reproducidos aquí con la debida autorización de Ediciones B, pertenecen al libro Tierras fronterizas (Barcelona, 2001)

Estos textos no pueden reproducirse ni archivarse sin permiso del autor y/o The Barcelona Review. Rogamos lean las condiciones de uso.
James Carlos Blakebiografía:
James Carlos Blake, Nacido en México, creció en Tejas, e inició su tarea de novelista con The Pistoler (1995), a la que siguieron: The Friends of Pancho Villa (1996), In the Rogue Blood (1997) y Red Grass River: A Legend (1998). Galardonado con el Book Prize de The Angeles Times por estos dos últimos títulos, Blake empezó tarde a escribir, pero se ha ganado pronto el respeto de la crítica.
       

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  número 27  noviembre - diciembre 2001 

-Narrativa

Patricia Duncker: Antes muerta que mancillada
James Carlos Blake: La vida loca
Sergi Pàmies: Cobertura
Patricia Suárez: Francotirador

-Ensayo

Juan Villoro: Monterroso: el jardín razonado

-Poesía Barcelona, mujeres poetas: Rosa Lentini
-Quiz Julio Cortázar

-Reseñas

Roberto Bolaño, Carlos Ruiz-Zafón, Poe y Hawthorne
-Secciones
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