¿Cómo se encuentra hoy, Madame Arnoux?
Diego Trelles
A Robert Amutio
Cuando llegaron a la disco, Madame Arnoux compró la copa más cara de champagne y la vació entera sobre su cuerpo. Riéndose ebria de él, aplaudió a tres tiempos y taconeó contra el piso en una grosera imitación francesa de bailarina de flamenco. La mujer lo bailaba todo siguiendo el ritmo degradado de lo que su cerebro entendía por flamenco y el Chato, aún mojado, viéndola taconear como si prendiera una moto invisible, imaginó que era un toro furioso sobre el ruedo, dando golpes con la pezuña y resuelto a embestir.
La imagen del toro no era inexacta porque, sin ser gorda, Madame Arnoux tenía las caderas anchas y, bajo sus senos caídos y con forma de lágrima, había acumulado restos de carne que uno notaba sólo desde ciertos ángulos. Nadie diría que era fea pero sí, quizás, que envejeció pronto y mal. Sin embargo, si uno la miraba con detenimiento, distinguía en su rostro los rezagos de una pubertad altiva y exitosa con los pretendientes a los que ahora pocas veces rechazaba. Y es que Madame Arnoux, a sus cincuenta y algo, era una mujer solitaria que compartía su lecho con la regularidad de una hippie alegre. Su promiscuidad era casi coqueta, desprovista de todo innecesario cortejo, incluso natural para los que asistían todas las noches a su bar de tapas para brindar con ella o llevársela a la cama.
Como la mayoría de los asiduos al local, oficinistas agotados y estudiantes en huelga eterna mezclándose alegremente con jóvenes y viejos dependientes del paro, Madame Arnoux solía opinar de todo y de todos, y aquello iba desde su repudio por la invasión estadounidense de Irak hasta su repudio por la sinvergüencería de los árabes, no todos desde luego, Mariano, sólo los que les quitan el trabajo a los franceses que, a fin de cuentas, son casi todos y ¿qué hacemos al respecto?, no hacemos otra cosa que mantener sus vicios y pagarles por cada hijo que se les ocurre parir, y Mariano escuchaba y, mientras barría, el Chato también escuchaba a Madame Arnoux que ya había empezado a beber champagne y pronto bailaría ebria, buscando acompasar sus toscos movimientos al flamenco liviano de la Niña Pastori, su cantante favorita.
Aunque el invierno había arreciado durante los últimos días, esa noche en Burdeos no hizo frío y la gente paseó por las callecitas empedradas y angostas del centro hasta altas horas de la noche. Los jóvenes vagabundos se arracimaban junto a sus perros para beber y fumar chocolate a la sombra de los cuadrados monumentos de la Place Saint Camille. Quienes los ignoraban eran grupos de estudiantes que, abrazados y tropezándose entre ellos, regresaban a sus casas cantando a todo pulmón una vieja canción de Johnny Hallyday o vitoreando por el Girondins, campeón de Francia en el año 99. La agitación era mayor en los alrededores del barrio de Saint Michel hasta donde llegaban los noctámbulos buscando cocaína adulterada y éxtasis, el único lugar de la ciudad en el que descendientes de árabes y muchachos franceses tenían una reciprocidad delictiva que los hermanaba, y hasta se jugaban bromas o se intercambiaban ideas para hacer que el comercio de drogas fuera un negocio menos riesgoso.
Era sábado, entonces, y estaba en Europa, y el Chato sabía que aquello no iba a durar por siempre. Sentía, pues, una extraña alegría por limpiar el suelo del bar de Madame Arnoux mientras los clientes imaginaban que era otro sudamericano más huyendo del horror y de la pobreza. Cuando les explicaba que había venido a escribir una novela y que limpiaba por las tardes para poder beber por las noches, ese argumento inusual era como una llave mágica que trastocaba la mirada compadecida de los comensales del bar -todos ellos amigos del arte- por una sonrisa cómplice, un aliento de camaradería entre personas entendidas ya que, para entonces, no faltaba quien le preguntara por Vargas Llosa, que escribe muy bien su compatriota pero era enemigo de Sartre y gran compadre de la Thatcher - "la grosse cochonne" , decía Philip, íntimo de Madame Arnoux, otrora cinéfilo y, ahora, lector infatigable de novelas policiales y de ciencia ficción.
Lo que entre cañas, restos de jamón serrano y colillas abigarradas sobre los ceniceros podría verse como una tertulia informal, fue interrumpida con la llegada repentina del libanés Aziz. Los gordas manos de Madame Arnoux, que dibujaban piruetas incomprensibles sobre el aire, se cerraron de golpe. Encorvada como una rata de pie, apretando ambos puños contra su cintura, la mujer avanzó virulenta hacia el hombrecito cabizbajo llevándose copas y danzantes por delante. "Recule! Retourne à ton bled! Vas-y!" vociferó descontrolada mientras lo sacudía tomándolo de un brazo. Indiferente ante la violencia con la que era arrastrado y hundiendo la barbilla sobre el pecho, Aziz se dejó llevar unos metros hasta que su cuerpo se detuvo a escasos centímetros de la puerta de entrada. "Laisse-moi" le oyeron decir claramente los clientes más próximos que observaban la escena entre divertidos e incrédulos, pero ésta no fue la impresión de los participantes en la tertulia para quienes Aziz no dijo nada o, si lo dijo, fue una somero ay de dolor o un insulto en árabe que, posiblemente, fuera gorda o puta o ambos.
Lo cierto es que Aziz, sin elevar el tono de su voz, casi pidiendo permiso, había hablado en francés y Madame Arnoux lo sabía porque había entendido su "déjeme" con la misma claridad con la que reconocía ese tonito entre exótico y bastardo que tanto la enfermaba. Y, quizás, precisamente por eso, le exigió gritando que aprendiera a hablar francés y no regresara más a su bar, Mariano, tú bien sabes de qué estoy hablando, y no es por racista ni mucho menos que si por eso fuera no les daría trabajo a ustedes -el paneo nervioso de sus ojos fue de Mariano hacia el Chato-, pero ese vago, alcohólico y mantenido ¿qué sentido tiene acá?
"Tu est vraiment une connasse quand tu est bourrée, Sylvie" le dijo Philip con un tono resignado, cerrando la novela de Simenon que había estado ojeando. Y es que Philip, como muchos de los presentes que seguían bebiendo a la cuenta del bar sin establecer ningún contacto real o simbólico con el agredido, era tan vago, alcohólico y mantenido como el libanés. Su frase, sin embargo, fue festejada como un chiste por la concurrencia que olvidó el incidente ni bien se acabó. Todos conocían a Aziz. Todos sabían que era hermano de Charif, el dueño del restaurante libanés situado a veinte metros del bar, y que hacía trabajos eventuales de pintura o plomería para Madame Arnoux. Todos le decían "el libanés" pero pocos sabían que, a diferencia de su hermano, Aziz había nacido en Francia y que el árabe era su segunda lengua. No sabía escribirlo. Se negaba a hablarlo en la calle. Su desinterés por el restaurante familiar le ganó la enemistad de sus parientes y, poco a poco, se fue ausentando de casa hasta que un buen día no apareció más.
"Mañana vuelve" le dijo Mariano al Chato sin mediar pregunta. El barman parecía acostumbrado a ese simulacro de batalla que, al día siguiente, atontada por los estragos de su resaca, la jefa olvidaría. El Chato no le creyó pero se mantuvo en silencio. No quería argumentar. No le había gustado la penosa escena con Aziz pero tampoco había hecho nada por detenerla. Más que decepcionado se descubrió indefenso: su francés era pobre y ahora le daba vergüenza hablarlo. Prefería beber. Borracho se sentía valiente y más joven que nunca. Cuando el bar ya era un hervidero de danzantes ebrios, se descubrió bailando una salsa de Héctor Lavoe con Madame Arnoux. Por cada vuelta que intentaba improvisar sobre ese cuerpo tieso, la mujer le respondía dando palmadas al aire y taconeando, inmune a cualquier ritmo extranjero al flamenco.
Esa noche Ramón -el dueño del Tumi- había invitado a Mariano a festejar la única victoria decente que la selección peruana conseguiría en las eliminatorias para el Mundial de Fútbol. Perú 4 Paraguay 1: veinte años sin ir era mucho "¡pero esta vez sí llegábamos!", se mentían los compatriotas y eso había que festejarlo con un buen pisco. Mariano y el Chato dejaron el bar de Madame Arnoux en medio de una fiesta general en donde ya nadie recordaba el incidente de Aziz. Ramón los recibió con un beso en cada mejilla. " Beso de hombre, cojudo" le dijo al Chato, que había parpadeado viendo al tipo pequeño y hercúleo acercándole un cachete. "No seas huevón, yo soy más macho que tú", rumiaba Ramón, lamiéndose los pelos del bigote y golpeándose el pecho con los nudillos.
¿Qué sabía el Chato de Ramón? No mucho, pensó. Sabía que era chiclayano y uno de los mejores mecánicos que tuvo la Fuerza Aérea. Sabía que tenía treinta años viviendo en Burdeos y una mujer francesa que había adocenado hasta convertirla en la cocinera oficial de todos sus paisanos. Sabía, por último, que se acercaba a los setenta pero que, gracias a su espalda de luchador y a un tinte cuidadoso que disimulaba sus canas, parecía más joven. No esperaba, sin embargo, aquel atuendo juvenil con el que Ramón los recibió. "Manya, huevón. 300 euros" señaló sus botas puntiagudas de piel de lagarto y, luego, en silencio, como quien no puede controlarlo, fue subiendo despacito la mirada sobre sí mismo. Primero la posó sobre sus vaqueros blancos, apretadísimos sobre las nalgas, y luego avanzó lentamente hacia su camisa floreada de seda, abierta sobre el inicio de sus pectorales para mostrar cómo se le enroscaban los bellos en la cadena de oro que le apretaba el cuello. El tour terminó cuando ese ligero destello luminoso de gel sobre la punta de sus bigotes, resplandeció sobre las pupilas curiosas del Chato.
Antes de embarcarse en el monólogo de sus últimas hazañas amorosas con las viejitas más desbocadas de Burdeos, Ramón llenó tres copas de pisco y brindó primero por su patria y, luego, por los goles de Claudio Pizarro. En seguida, agregó que los delanteros que jugaran por Perú tendrían que ser blancos y machos porque lo negros de mierda, además de rosquetes, sólo pensaban por horas y, si llegamos al Mundial de Alemania, ¿cómo les explicamos a estos animales lo del cambio de horario? "En la FAP siempre los choteábamos por eso, pero más por negros" agregó con una risa jocosa que colmó de ruido el ambiente apagado del Tumi. Tras la segunda ronda, Ramón elogió la calidad del pisco, soltó un par de infidencias sobre su otro compromiso y, haciendo un ademán de galán de teatro, confesó su secreta admiración por la sobria belleza de Madame Arnoux.
El adjetivo utilizado por Ramón para describir a Madame Arnoux provocó en el Chato una carcajada hilarante. "¿De qué se ríe este cojudo?" preguntó Ramón, mirando molesto a Mariano, y el Chato le respondió que se reía de su broma sobre los negros y el fútbol. No entendía muy bien por qué, pero de pronto imaginó a Ramón llegando con sus verdes botas de lagarto y un enorme ramo de rosas al bar de su jefa, y, luego la vio a ella, sacándolo a bofetadas a la calle y gritándole que se regresara a Chiclayo. Miró a Ramón y, sin pensarlo, le dijo Aziz. Cuando Ramón le preguntó a Mariano que cómo le había dicho este pendejo, el Chato le respondió que nada, Ramón, que había estornudado así-medio-raro. A punto estaban de botarlo del Tumi, cuando una llamada inesperada al celular de Mariano cambió el curso decadente de la noche.
-Salut Sylvie! -exclamó Mariano
-Ou est vous, Marianó? -la voz alcoholizada de Madame Arnoux retumbó sobre los oídos del barman.
-On est dans le Tumí avec Ramón. Tu viens ici? -preguntó él, anticipándose a la oferta de Ramón.
-Si viene, chato huevón, ¡barra libre toda la noche! -interrumpió Ramón, inquieto como un adolescente a punto de perder la virginidad.
-Je suis avec Philip.
-Pas de problème, Sylvie! Dépêche-vous! -sonrió Mariano satisfecho, luego adelantó su vaso vacío para que el anciano se lo llenara.
No fue posible. Ni bien colgó el teléfono, Ramón desapareció. Mariano y el Chato empezaron a burlarse de él hasta que el sonido de un spray rociado con desesperación, anunció su regreso. Ramón se sentía radiante, caminaba como pensaba lo hacía Alain Delon en Le samouraï. A cinco metros de la barra, un olor penetrante golpeó el olfato de sus compatriotas. Ramón vació su copa de un viaje. Como nadie le habló, el silencio incómodo del ambiente lo puso en alerta. "No sean envidiosos, cojudos" dijo inflando el pecho, "es olor de varón".
La voz alocada de Madame Arnoux permitió que la risa del Chato pasara desapercibida. Caminando del brazo de Philip, la mujer saludó con un beso en la boca a todos menos a Ramón. "Madame" le dijo él encorvándose para besar su mano y, al contacto de sus bigotes filudos, ella se la retiró con tosquedad. "Musique monsieur, s'il vous plaît!" exigió la mujer. Ramón sugirió bajar a la cava, donde quedaba el salón de baile. Una vez instalados ahí, Ramón abrió una botella de champagne, se colocó tras la barra y, pensando en impresionarla, puso un disco de Dalida, el icono popular de los años setenta. "Oh, Dalida!" gritó Madame Arnoux y jaló al Chato a bailar una canción yé-yé con los pasos ebrios del flamenco. El más impresionado con la jugada de Ramón fue Philip, quien comentó lo famosa que había sido esa mujer en Europa y la manera en la que se mató.
La noche se desenvolvió de una manera alegre. Todos estaban borrachos y sonrientes y el dueño del Tumi no cesaba de llenar sus copas. El Chato descubrió que Philip no sólo era un tipo simpático y campechano sino que, además, era muy culto. Hablaron de películas, se animaron discutiendo sobre el segundo filme de Gaspar Noé (que ambos odiaban) y sobre la filmografía de Melville (que ambos amaban). Mariano participaba haciendo chistes. Ramón, por su parte, le contaba a Madame Arnoux los planes para ampliar su negocio y ésta, cada vez que podía, jalaba al Chato o a Mariano a la pista de baile.
Urgida de orinar, la mujer le preguntó a Ramón por el baño. Los servicios quedaban arriba y él se ofreció a guiarla. Madame Arnoux le respondió no con sequedad, avanzó zigzagueante hacia la escalera sin esperar su réplica. El asunto pasó desapercibido para los tres borrachos dialogantes. Ninguno se percató, por ejemplo, del momento en el que Ramón subió. Algo agotado de tantas palabras, Mariano dijo que necesitaba mear. Especificó que, al regresar, no quería escucharles más conneries des philosophes . Trepó rápidamente y, ya arriba, cuando volteaba el cuerpo hacia el baño, lo que vio le quitó la borrachera por completo. Contra la pared, asida por la fuerza de Ramón que la arrinconaba con el cuerpo, Madame Arnoux era besada con dificultad. Mariano se percató de que la mujer buscaba zafarse de él y que su borrachera no la permitía darse cuenta de lo que ocurría. La imagen de la rubia forcejeando con el anciano lo intimidó y prefirió volver.
Lívido, tembleque, medroso como si hubiese encontrado fantasmas a su paso, Mariano regresó a su sitio y les dijo a sus amigos lo que había visto. Dos segundos más tarde, Madame Arnoux y Ramón bajaban las escaleras impávidos, como si acabaran de llegar al bar. Ramón puso un disco de The Doors y se sirvió un whisky doble. Madame Arnoux sacó al Chato a bailar. A las cinco de la mañana la mujer propuso continuar la fiesta en un after party del malecón Les Quais. Philip se excusó alegando que mañana temprano tenía que hacer, pero nadie supo muy bien de qué hablaba porque hacía un año que Philip vivía del paro. Un taxi los llevó a la disco, Ramón pagó. Cuando llegaron, Madame Arnoux compró la copa más cara de champagne y la vació entera sobre el cuerpo del Chato. Luego, muerta de risa, fue retrocediendo dando saltitos coquetos y taconeando el piso sin dejar de aplaudir.
La luz del día llegó y el Chato ya no podía sostenerse en pie. Tenía sueño y un hambre voraz. Ramón seguía parado sobre la barra, invitándole trago a Madame Arnoux y hablándole al oído aunque ésta, empujándolo con el codo, lo apartaba con rapidez. Mariano y el Chato decidieron partir. No le dijeron nada a su jefa. Simplemente avanzaron hacia la puerta de salida, estorbándose entre ellos. En la entrada había un taxista sentado al volante de su auto y leyendo un periódico. Entraron. No paraban de reírse. "Course d'Alsace, s'il vous plaît", dijo uno o quizás fueran ambos. El coche estaba a punto de partir cuando de la nada surgió Madame Arnoux, caminando rápido y gritando contra algo que aún no aparecía tras de la puerta. Ese algo era Ramón que caminaba hacia ella implorante, agachando la cabeza y extendiendo una de sus manos para acercarla. A pesar de la violencia en aumento, vista a través del cristal semi rectangular del auto, la escena era graciosa pero ese halo de comedia se hizo trágico ni bien la mujer descargó uno de sus gordos brazos contra la humanidad del anciano. Ramón no dijo nada, por el contrario, aquello pareció encenderle más la libido. Con fuerza la tomó por una de las muñecas dispuesto a jalarla, pero ya para entonces Mariano y el Chato se interponían entre ambos, pidiéndoles calma.
"Lárguense, carajo, cojudos de mierda, ¡qué quieren!" gritó Ramón encrespado, pechando a los jóvenes y dispuesto a golpearlos. El guardián de la disco tuvo que intervenir. Tomó por la espalda a Ramón intentando detenerlo hasta que el viejo descontrolado le gritó: " Laisse-moi, nègre !" lo que generó que el vigilante indignado lo tumbase al piso con brusquedad. Sus compañeros de trabajo impidieron que lo golpeara aunque Ramón continuaba insultándolo desde el suelo y gritándoles traidores a los peruanos y puta de mierda a Madame Arnoux, pero ellos ya no estaban ahí, ellos ya observaban todo desde la ventana posterior del taxi que se alejaba raudo por la desierta avenida mientras la mujer del escándalo le preguntaba al conductor si conocía un lugar decente y barato para tomar desayuno.
El taxi los dejó cerca de su bar. Mariano y el Chato decidieron acompañarla a casa antes de irse a dormir. En las gradas de la puerta del edificio, las piernas escuálidas de un hombre sentado sobresalían y eran vistas de costado por los tres que llegaban. Junto a sus piernas había un balde de pintura cerrado y, sobre él, una robusta brocha. Cuando llegaron, la mujer no pareció sorprendida al descubrir que el hombre que la esperaba era el libanés. "¿Cómo se encuentra hoy, Madame Arnoux?", le preguntó Aziz, sin alterar su parsimonia, con el francés más limpio y armonioso que el Chato había escuchado en su vida. No muy bien, le respondió ella y, antes de cerrarle la puerta, agregó, vuelve mejor otro día, Aziz, nadie trabaja los domingos en esta ciudad.
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